06 junio 2008

El corazón antiguo (Ramón Buenaventura)

Hay una sensación que se nos va quedando cuando leemos a Buenaventura y es que se mezcla la ficción con la realidad, que aquel Tánger y aquellos tangerinos de los que nos habla fueron de verdad, que gran parte de la historia de su vida está plasmada en sus novelas. A eso también ayuda que varios de los personajes aparezcan en varias de sus obras y hagan referencia a ellas y al propio Buenaventura como autor/personaje/amigo del protagonista. Crea sensación de realidad.

En El corazón antiguo, Pablo Huarte Udkini nos cuenta la historia de su vida o lo que sería más exacto: la historia de su relación con las mujeres. Unas veces con ternura, otras con dureza, pero siempre con la incomprensión hacia lo femenino, esa incomprensión que le hace caer en lo más profundo del amor y sufrir por no saber nada: por qué ellas reaccionan así, por qué no hay finales felices… De alguna manera, la obra muestra un recorrido vital hacia el principio, hacia un lugar que habitó, en el que fue (o creyó ser) feliz y al que quiere volver. Cuántas veces hemos oído a la gente decir: “He dado muchos tumbos por la vida para acabar en el mismo sitio del que partí, sin ser la misma persona y sin encontrarme el mismo mundo que dejé”. Eso es lo que le ocurre a nuestro protagonista, quiere regresar (uno no siempre quiere regresar a un territorio, a veces desea regresar a un persona, a una sensación…) o quiere encontrar. Como colofón de la novela (puro desorden cronológico, divagaciones interesantes, notas fingidas a pie de página, direcciones a webs y un largo etcétera de cosas poco comunes en las novelas) dejaré unas palabras del protagonista que, creo, la resumen perfectamente:

“El viaje está hecho e Ítaca no existe: qué sorpresa, compañeros; ahora resulta que no importaba llegar, importaba ir viviendo. Otra vez carpe diem; carpe noctem, también. Al carajo los paraísos de la memoria. Al final, todos los mensajes están dichos en todas las lenguas de los hombres, cuántas veces, y sólo se trataba de haberlos comprendido a tiempo. (…) Ítaca no existe y Circe tampoco. Mucho menos Penélope”.