Me acerco con un año de retraso a este libro de poemas de Elena Medel. Me acerco, también, pasmada ante el desgarro y la belleza de los versos de esta jovencísima autora.El poemario está dividido en siete partes, en siete vidas. Casual o no, la elección de los siete apartados nos remite a este número mágico en casi todas las religiones y culturas, al número perfecto que aúna lo celestial y lo terrenal. Los versos son larguísimos, a la manera de Aleixandre y, en ocasiones, también nos regala prosa poética.
Comienza por la vida número siete, el momento en el que debe enfrentarse a la muerte de su abuela, a quien dedica el libro. Está en su cuarto y todo lo cotidiano que la rodea se transforma en eco del dolor: “la lluvia dolía igual que duele el frío en un cuento navideño con barrios de cartón. El viento (…) helaba los armarios”. El yo poético quiere esconderse de ese dolor bajo las sábanas (“la franela protege mi vida subterránea”), igual que los niños que se tapan la cabeza con las mantas para no ver a los monstruos salir del armario de su cuarto. El agua es una constante (“diluviaba”; “el río multiplica su caudal”), quizás como metáfora del llanto. Al final de esta séptima vida, el yo poético se atreve a salir de entre las mantas y enfrentarse a la muerte, a la que tanto temía. La muerte ya no le da miedo porque morir es reunirse con su abuela.
A partir de ahí, todo el repaso (hacia atrás) por las seis vidas restantes parece un compendio de todos los dolores, las pérdidas y las soledades propias y familiares, una manera de buscar cómo seguir adelante. El dolor sigue latiendo, agazapado, mientras leemos los versos que cierran su primera vida y, por tanto, el libro (lo cual no significa el final, como dice la autora utilizando unas palabras del Quijote: "¿Cómo puede estar acabado si aún no está acabada mi vida?”).
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