30 mayo 2008

Mi hermano Stanley (Jenny Diski)

Me gustan los libros de viajes -siempre me han gustando- y es así como conocí a Jenny Diski: por los libros de viajes que le publicó Circe, esa editorial que tanto apuesta por las escritoras (en su mayoría extranjeras, también hay que decirlo) y que tan buen ojo tiene para descubrir joyas. También Circe publicó el único libro de relatos de Diski, Mi hermano Stanley. La dificultad para conseguirlo (está agotado y es imposible encontrarlo incluso en librerías de viejo; yo lo compré en amazon.com) hace que le tenga un especial cariño.

La palabra clave para describir este libro es “inquietante”. Son relatos de temáticas muy distintas, pero donde la familia aparece de manera constante, seguramente por eso en la versión española lo titularon Mi hermano Stanley, que es el relato que abre el libro y donde la narradora habla de su medio hermano, el hijo que su padre había tenido con su anterior esposa, que había muerto antes de nacer ella y al que sólo conoce a través de un retrato que cuelga de la pared y un álbum de fotos, esto la hace fantasear con otra vida y ayuda a que no se sienta tan sola. En la versión inglesa, el título del libro es The vanishing princess, como el segundo relato (La princesa evanescente o El origen del cubismo), pero también hace referencia a otros dos relatos de princesas, escritos con mucha ironía, a la manera de los cuentos de hadas tradicionales. Lo interesante de estos relatos de princesas es cómo se cuestiona el papel de la mujer en esos cuentos tradicionales, donde ellas tenían que ser rescatadas de su triste vida (Cenicienta) o esperar a que el príncipe las despertara de un largo sueño (La bella durmiente). La princesa evanescente de Jenny Diski ha vivido siempre en una torre en lo más profundo del corazón de un bosque. Siempre ha estado sola, con una cama y muchos libros, esperando a que vinieran a visitarla sus parientes, que la tenían encerrada, aunque siempre engrasaban la cerradura para que ella no oyera la llave, y como nunca sintió necesidad de salir de allí, no tenía conciencia de estar encarcelada. Nunca le dieron de comer, así que no lo necesitaba. Poco a poco dejaron de ir a verla sus parientes y ella no lo notó porque no tenía con qué medir el paso del tiempo. Pasados unos años, llegó un soldado hasta la torre y poco después otro que comenzó a escuchar la historia de la princesa encerrada. Ellos, independientemente, le hicieron probar la comida, le regalaron un espejo, un calendario, y ella comenzó a descubrir lo que era el paso del tiempo, cómo era ella misma o lo que significa esperar a alguien… No cuento el final, porque es precioso y es mejor leerlo.

Encontramos otros relatos maravillosos llenos de personajes inolvidables, suicidios en el metro, amas de casa agobiadas por la monotonía de su vida que se inventan historias fabulosas, mujeres que recuperan lo que fueron en otras épocas a través de los cuartos de baño que tienen en sus casas… Pero hay uno que para mí es especial: Strictempo, donde la música es la mejor medicina contra la angustia existencial y los deseos autodestructivos. Me gustó mucho este relato al leerlo, pero me gustó aún más después de saber que la autora se había basado en una experiencia personal para escribirlo: los meses en los que estuvo internada en un psiquiátrico, a los quince años, porque sus padres no se veían capaces de educarla ni ocuparse ella (¡!). Era su madre la que tenía graves problemas psiquiátricos porque no logró superar que su marido la abandonara, pero en cambio fue Jenny Diski la que estuvo meses encerrada.

Hacía mucho tiempo que no leía unos relatos que me emocionaran tanto. Creo que son, además, una master class de cómo escribir narrativa breve.

La historia del señor Sommer (Patrick Süskind)

La historia del señor Sommer es una deliciosa novela breve (o relato largo, no estoy segura) de Patrick Süskind, autor de El perfume.

El narrador de esta historia (a veces protagonista, a veces observador) nos cuenta una serie de anécdotas en un tono inocente y encantador. Es un hombre adulto, pero las historias que nos cuenta pertenecen a su infancia y adolescencia y éste es el tono que impera en ellas. Comienza diciéndonos que nos va a contar la historia del señor Sommer, pero que como se dio un golpe al caerse de un árbol, tiene que concentrarse mucho para no irse por las ramas; pero se va por las ramas y así conocemos su afición a subirse a los árboles, sus clases de piano con la horrorosa señorita Funkel, su miedo a montar en bicicleta (aunque terminó por aprender verdaderas acrobacias), su amor infantil por Carolina Küchelmann, la niña morena del vestido amarillo limón… y, por supuesto, la historia del señor Sommer.

El señor Sommer y su esposa habían llegado nuevos a Unternsee. Nada se sabía de ellos, no recibían visitas, ni hablaban con nadie. La señora Sommer se dedicaba a hacer muñecas y casi nunca salía de casa. El señor Sommer caminaba, sólo eso: caminaba, apoyado en un bastón, de la mañana a la noche. Un buen día la Señora Sommer dejó de aparecer por el pueblo y todos dieron por supuesto que había muerto. Muchos años después también desapareció el señor Sommer y nunca más se supo de él. Corrieron diversos rumores. El narrador de la historia fue testigo de lo que le ocurrió al anciano y ha callado durante años, pero ahora está listo para contarlo…

Hay que destacar, junto a la maravillosa historia, los estupendos dibujos de Sempé (autor de las ilustraciones de Le petit Nicolas) que la acompañan
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29 mayo 2008

Lo bello y lo triste (Yasunari Kawabata)

A veces, al leer a Yasunari Kawabata, tengo la sensación de que nos transmite esa idea de que sólo se puede amar profundamente aquello que ni se tiene la seguridad de poseer, ni es del todo real, sino más bien fruto de nuestra imaginación. El amor, en las obras que he leído de Kawabata, nunca es solución ni calma, sólo caos y destrucción.
Lo bello y los triste nos narra la historia de varios personajes cuyas vidas se van entretejiendo como preludio de la fatalidad: Oki es un escritor de relativo éxito, cincuentón, casado y con dos hijos mayores. A finales de diciembre viaja solo a Kyoto para escuchar las campanas del nuevo año, aunque en realidad lo que desea es reencontrarse con Otoko, su antigua amante. Cuando se conocieron, Oki rondaba los treinta y Otoko sólo tenía dieciséis. La suya fue una pasión abrasadora. La intensidad del amor de la muchacha era tal que se plegaba a todos los deseos de Oki. Él estaba casado y la joven lo sabía, pero aun así siguieron con el romance. Otoko se queda embarazada y pierde la criatura debido a la patética clínica a la que la llevan Oki para no ser descubierto. La muchacha casi enloquece al perder al bebé y, más tarde, cuando su madre se la lleva a Kyoto para separarla de Oki, enloquece totalmente y pasa varios meses en un hospital psiquiátrico. Otoko jamás olvida a su primer amante, pero llega un punto en el que no sabe si ama a Oki, al recuerdo de Oki o a ese Oki que ha idealizado con el paso de los años precisamente por ser un amor imposible. Por su lado, Oki no ha podido olvidarla tampoco, de hecho se hace famoso con la novela Una muchacha de dieciséis, en la que narra esta historia de amor. Ese sentimiento perdura en su corazón porque la belleza de Otoko es incomparable y su forma de amarlo y complacerlo es para él algo sagrado e irrepetible. También ama a una Otoko idealizada, a un amor que le parece más dulce por haber sido imposible. Ese día de finales de diciembre, Oki y Otoko se vuelven a encontrar. Han pasado veinte años desde la última vez que se vieron. Ella es ahora una famosa pintora. A su reencuentro con Oki no va sola, lleva a Keiko, una joven de belleza perturbadora que es alumna de Otoko y vive con ella. Otoko evita en todo momento que haya nada demasiado personal y comprometido entre ella y Oki. Keiko, la joven y bella pintora, es amante de Otoko y decide vengarse de Oki por todo el daño que le ha causado a su adorada maestra… En esta novela, se muestra el deseo de Kawabata por comprender el universo femenino. Los personajes masculinos (Oki y su hijo Taichiro) permanecen más bien ajenos a las tormentas interiores que se desatan en las mujeres que los rodean. Actúan, creen comprender, pero no comprenden nada. La obra nos muestra tres modelos de mujer: Otoko, la amante perfecta, la mujer perfecta que ama, y sufre, y perdona; Keiko, la joven dura y cruel que quiere vengar a su maestra y sale malparada de esa venganza; Fumiko, la esposa de Oki, que sabe de sus infidelidades, de su amor por Otoko e incluso transcribió la novela Una muchacha de dieciséis, que se siente humillada y al mismo tiempo disfruta de los beneficios de la venta de la novela de su marido que tanto la humilla, que siente celos, es violenta en ocasiones, pero aguanta. El autor parece querer decirnos lo peligroso que es el amor para la mujer: la subyuga, la convierte en esclava de sus propios sentimientos, la hace infeliz. Keiko dice en un momento de la novela: “¡Qué estúpidas somos las mujeres!”. Ella no comprende a su maestra y amante Otoko hasta que se ve en una situación similar. Cabe destacar de esta novela, además de lo ya dicho, la descripción de los paisajes de Kyoto, especialmente de los jardines, la elegancia con la que se nos habla de árboles y plantas, de telas y lugares. Y el erotismo. En Kawabata, el erotismo alcanza una cima tan magnífica que merece recibir un nombre aparte. La exquisita delicadeza con la que se describe la desnudez femenina, el contacto de una mano con un pecho, los mechones de cabello que se sueltan de un moño, un pezón erecto y unos labios que se besan es muy diferente a la forma de escribir erotismo que se acostumbra en Occidente. Para Kawabata, es erótico cada pequeño detalle de una mujer bella: un párpado que se cierra, la luz iluminando la curva de una mejilla, un perfil, unos labios pálidos por el deseo. Todo en Kawabata respira erotismo.

25 mayo 2008

Ariel (Sylvia Plath)

La edición de Ariel que nos ofrece Hiperión es bilingüe. La traducción y notas corren a cargo de Ramón Buenaventura, que hace un trabajo precioso y emotivo, un verdadero homenaje a una autora cuyos versos él adora.

Se dice que Sylvia Plath escribió Ariel aproximadamente durante los dos meses anteriores a su suicidio, a ese 11 de febrero de 1963 en el que se levanta muy temprano, lleva el desayuno a sus hijos a la cama y después se encierra en la cocina, mete la cabeza en el horno y abre el gas. Los poemas de Ariel muestran el proceso de caída de la autora, ese deseo de la muerte como una liberación, pero también se ve en sus versos el amor por sus hijos, el dolor por el abandono de su marido –Ted Hughes–, los sentimientos encontrados hacia su padre, que murió cuando ella era una niña, y alusiones al paisaje que la rodeaba y que era evocador de su pena. Son poemas que nos dejan el corazón encogido y que nos transmiten ese dolor de vivir. El poema que más me ha impresionado de Ariel es este:




EL AHORCADO

Por la raíz del pelo algún dios me atrapó.
Sus vatios azules me hicieron chisporrotear como a un profeta del desierto.

Las noches desaparecieron, cerrándose de golpe, como los párpados de un lagarto.
Un mundo de días blancos y calvos en la cuenca sin sombras.

Un aburrimiento buitrero me dejó clavada a este árbol.
Si él fuera yo, haría lo que hice.
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*Si queréis escuchar a Sylvia Plath leyendo otro de los poemas de este libro, pinchad aquí.

Helarte de amar (Fernando Iwasaki)

Helarte de amar es un conjunto de diez cuentos muy divertidos. Aunque tienen elementos eróticos, no son cuentos eróticos exactamente ya que si algo destaca en ellos es el humor. La mayoría de los personajes protagonistas muestran una inocencia que encandila y conmueve; son personajes que están iniciándose en el amor y el sexo, aprendiendo.

El cuento que da título al libro es especialmente divertido: la historia de una mujer hermosa y desinhibida que trae de cabeza a los habitantes de la ciudad, desde los jóvenes a los viejos, y que tiene un gusto especial por hacer el amor entre hielos, lo cual provoca la desgracia final. Pero si tuviera que destacar un relato entre todos, elegiría sin lugar a dudas Mírame cuando te ame, no sólo porque la forma de narrarlo hace que la lectura sea una delicia, sino porque hay tal dosis de ternura y melancolía en él, que se nos queda grabado en el recuerdo mucho tiempo después de haberlo leído. Iwasaki encabeza el relato con una cita de El Aleph de Borges, "ese punto del espacio que contiene todos los puntos". Para el protagonista de este cuento de Iwasaki, el clítoris es un nuevo aleph. De todos modos, el cuento va más allá de la propia anécdota, creo yo. Va más allá de la historia de un jovencito iniciado en el sexo y el amor por una mujer madura, madre de un compañero de estudios. Hay detrás la historia de una mujer que se ha sentido ninguneada a lo largo de los años y la historia de un muchacho que descubre que hay mucha vida fuera de los libros que obsesivamente estudia. Es la historia de un aprendizaje emocional más que sexual y la mujer madura le enseña a pararse a pensar qué es una mujer y qué desea una mujer.