30 junio 2008

El festín de Babette (Isak Dinesen)

El que posee un talento puede ocultarlo, pero tarde o temprano sentirá la necesidad de sacarlo a la luz porque eso le hará feliz, le hará sentir pleno. Esto parece ser lo que nos quiere contar Isak Dinesen en este relato.

Babette es una mujer francesa, una communard que se ve obligada a huir de París, después de que hayan asesinado de su marido y a su hijo, y se refugia en Berlevaag, un pequeño pueblo noruego cercano a un fiordo. Babette trabajará como criada para unas hermanas, hijas de un deán luterano (creador de una pequeña secta que repudia los bienes materiales). En este lugar gris, cerrado, tan lejos de todo lo que ella había conocido y lleno de gente obsesionada con el pecado, se adapta a la vida del pueblo y acaba siendo un ejemplo de austeridad para todos. Pero un día, cuando se cumple el centenario del nacimiento del fundador de la secta luterana, ella (que ha ganado mucho dinero con un billete de lotería) decide invertirlo todo en comprar las mejores materias primas en París y hacer un banquete inolvidable. Las hermanas piensan que es un lujo innecesario, pero la dejan hacer. El banquete consigue llenar de felicidad los corazones de los habitantes de Berlevaag, pero ni ellos mismos creen que se debe a la comida, de hecho la han comido como el que come sus alimentos más insulsos y habituales y ni siquiera le han dado las gracias por todo el trabajo. A Babette le da igual: no lo ha hecho realmente por esa gente, sino por ella misma. En París había sido la mejor chef del momento. Su capacidad genial para preparar platos había estado dormida durante mucho tiempo, pero había vuelto a salir a la luz. Y no lo había hecho por nadie más que por sí misma. Había habido un tiempo en el que los paladares más exquisitos de Francia la aplaudían, y a pesar de que esto enorgullecía a Babette, era la felicidad de cocinar lo que la movía a hacerlo, y no el aplauso de nadie.

Este relato me recuerda en cierto sentido a Bartleby el escribiente. Ambos tienen una segunda lectura relacionada con el arte. Si en la obra de Melville parecía defenderse la absoluta libertad del creador sin claudicar ante las imposiciones de nadie (“Preferiría no hacerlo”, dice por toda respuesta el escribiente cada vez que se le ordena algo), en esta obra Isak Dinesen parece querer transmitirnos la idea de que la felicidad del artista, toda su concentración, debe estar en el hecho de crear, de perfeccionar su obra, y no en el deseo de que le aplaudan o le comprendan.

Nórdica Libros nos regala, además, esta versión ilustrada maravillosamente por Noemí Villamuza, con la que ha ganado el Premio Junceda 2007 al mejor libro ilustrado para adultos.

27 junio 2008

Los cuentos de Cristina Grande

Los cuentos de Cristina Grande son muy raros. Son raros en la forma y en el contenido. Largos para ser microrrelatos y breves comparados con los cuentos que habitualmente nos encontramos hoy en día. Carentes de adjetivos y de palabras superfluas. Es capaz, en pocas pinceladas, de contarnos una historia llena de esquinas, de situaciones y de movimiento. Sus cuentos son breves, sí, pero hay que leerlos atentos porque están condesadas en esas pocas palabras historias enormes.

Hablo a la vez de estos dos libros de cuentos de Cristina Grande porque casi los considero uno solo, debido a que los leí seguidos. Llevaba bastante tiempo detrás de ambos y en Asturias me resultó imposible conseguirlos en su momento, así que los encargué directamente a la editorial, Xordica. El día que llegaron a casa me encontraba fatal, con una faringitis que me estaba destrozando la garganta. A eso de las doce, el cartero llamó a la puerta y me los entregó. Me los leí ese mismo día. Ahora que los estoy releyendo noto las diferencias entre ambos que entonces no vi, quizás porque los leí con demasiada prisa.

La novia parapente está lleno de ironía, de humor negro. Sus personajes parecen estar a punto de tener un accidente mortal o de caerse por un precipicio: siempre en la cuerda floja. Londres, el relato con el que se abre el libro, es uno de mis preferidos. La protagonista va a esa ciudad supuestamente para perfeccionar el inglés, pero lo que realmente hace allí es volverse loca por un turco. La forma de comenzar el cuento es brillante: “Lo mejor de Londres fue que volví con la idea de que debería haberme quedado allí. Fueron los tres meses menos solitarios de mi vida”. Encontramos cuentos llenos de una crueldad que no le resta encanto a sus protagonistas, como en el cuento Susana, donde una mujer que lleva una vida tranquila está harta de las correrías de su marido y desearía que él se quedara más tiempo con ella en casa, así que cuando la avisan de que él ha tenido un accidente, ella comienza a visualizarlo en silla de ruedas y se siente feliz. Es graciosísimo el relato La novia parapente y sus momentos antes del sí quiero, el estado de estupor en el que escucha la palabrería del cura y las ganas que tiene de echar unas caladas a un cigarrillo. En todo momento aparece el novio en un segundísimo plano, mientras la novia y el padre (y también padrino) son los verdaderos protagonistas. Y después están todos esos cuentos tan de Cristina Grande en los que se muestran los desencuentros y los desamores, como en Aeropuerto y en Un muerto muy bajito, o las relaciones de una noche de las que se acaba esperando un poco de ternura que no se consigue, como en Osito. Son relatos cosmopolitas, de personajes que viajan duermen en hoteles, recorren kilómetros de carretera con un coche, pero son también relatos muy aragoneses, relatos en los que se nombran localidades de Huesca y Zaragoza, calles, plazas y bares. Es, en definitiva, un libro de cuentos que impresiona.

Algo parecido ocurre con Dirección noche. Sigue impresionando su concisión y su desnudez de adornos y de sentimentalismos. Quizás es un libro más triste que La novia parapente. Triste porque aunque el primero también lo era, estaba más plagado de humor y eso se utilizaba para superar esa tristeza. Dirección noche es de una tristeza sin artificios, pero también sin ironía o humor negro para tratar de sobrellevarla. Es una tristeza que se asume y se sufre. También es un libro más melancólico que el primero, como se ve en el maravilloso relato con el que se abre el volumen: Arañas e insectos, donde una pareja de viaje por Portugal (y tan feliz que eran la envidia de todo el mundo) comienzan a tener pequeñas disputas por tonterías: si es más salada el agua del mar o la del océano, si una araña es o no es un insecto, y estos pequeños choques son el detonante de la ruptura. Dos canciones es mi relato favorito; la protagonista se va en coche hasta Monegrillo para ver a un antiguo amor del instituto. Es un relato melancólico que me recuerda un poco a uno de los mejores relatos que he leído en mi vida: Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón. En Dirección noche también aparecen historias de amores y desamores, como Hotel Ibis o La ruta natural. Y está muy presente la figura de la madre, una madre moderna y condescendiente que en vez de atosigar a su hija, la deja vivir y simplemente está ahí, con el hombro preparado para cuando ella quiera apoyar la cabeza y llorar, como se ve en Apotheke.

Lo que se puede decir después de leer los cuentos de Cristina Grande es que son un ejemplo de contención y de saber hacer. De saber, sobre todo, dejar siempre en el aire ese algo que no se cuenta y que nos inquieta.

22 junio 2008

Cuentos de humor y de horror (Saki)

La primera vez que supe de Saki fue gracias a la Antología de la literatura fantástica de Silvina Ocampo, Borges y Bioy Casares, pero ahí se quedó la cosa, no seguí leyendo más cuentos de él. De hecho, este libro de relatos lo compré por pura casualidad, porque me llamó la atención el título, pero sin relacionar a Saki con el autor aquel que había leído tiempo atrás en la antología de los argentinos.

Los cuentos de Saki, dicen, son un reflejo de lo que ha sido su vida. Saki, cuyo verdadero nombre es H. H. Munro, nació en Birmania, donde su padre había sido destinado por la policía británica. Cuando murió su madre, fue enviado a Devonshire y criado por dos tías solteronas y sumamente crueles. Abundan en Cuentos de humor y de horror las terribles historias de niños que deben enfrentarse al mundo de los adultos. Y es que el humor y la sátira de Saki parten de eso, de la crueldad, de lo macabro. Cuando acabamos de leer los cuentos y nos hemos reído con ganas de todos esos personajes aristócratas y estúpidos, nos damos cuenta de que no hay ni una pizca de bondad en ese humorismo, es una sátira feroz y dañina contra un grupo social que se centra exclusivamente en que no se ponga en tela de juicio su elegancia y saber estar, llevando esto hasta los límites de lo ridículo.

Los cuentos de Saki transcurren en Inglaterra, en las primeras décadas del siglo XX, durante el reinado de Eduardo VII. La sociedad de esta época se guiaba por unas estrictas reglas de elegancia y decoro que los convertían en seres superficiales y estúpidos. Toda la mordacidad de Saki está destinada a criticar duramente este tipo de comportamientos, así como la hipocresía y la vanidad. Se ve esto claramente en el cuento Tobermory, donde un gato muy querido por la familia, y al que se le ha enseñado a hablar, cuenta a los asistentes a una velada lo que verdaderamente piensan y dicen de ellos los dueños de la casa.

Saki se enmarcaría dentro de la corriente del cuento fantástico como heredero directo de los románticos y los victorianos y como coetáneo de otros autores fantásticos como R. L. Stevenson, Montague Rhodes James o Henry James, entre otros. Los cuentos fantásticos de Saki consisten en introducir, dentro de la cotidianidad, lo sobrenatural y lo macabro sin perder ni un ápice de verosimilitud. Esta técnica, que hoy es más bien habitual dentro del relato fantástico, fue en cambio toda una revolución formal y temática en su época.

Se le acusó, con razón, de antisemita (el relato Cura de agitación) y misógino (no hay más que ver la imagen que ofrece de los personajes femeninos). Siente, asimismo, un gusto especial por la crueldad, presente en la mayoría de sus cuentos, pero muy concretamente en La penitencia, donde tres niños parecen capaces de matar a otro (todo ello narrado con ironía y sarcasmo).

Saki ha sido considerado por muchos como el gran humorista en lengua inglesa. Yo creo que, además de eso, tenían razón Ocampo, Borges y Bioy al decir que es uno de los más grandes representantes de la literatura fantástica de principios del siglo XX.

18 junio 2008

Los girasoles ciegos (Alberto Méndez)

Maravilloso. Esa es la única palabra que se me ocurre para definir este libro al que unos llaman novela y que sin embargo yo creo que se trata más bien de cuatro relatos con un punto en común: todos sus protagonistas son perdedores cuya vida se nos muestra en los momentos finales de la Guerra Civil española o directamente durante la postguerra.
No se pueden leer estos relatos sin sentir que se nos encoje un poco el corazón y sin darnos cuenta de la importancia de la memoria. De hecho, la obra comienza con una cita de Carlos Piera que me parece muy interesante: “Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido”.

Son cuatro historias en las que se nos cuenta la rendición de un capitán del ejército nacional (para acallar su conciencia) el mismo día que su propio bando vence la guerra, la soledad y la locura de un joven poeta que huye del bando vencedor con su esposa embarazada y se esconde en las montañas asturianas, la picaresca de un soldado republicano que vio morir al hijo traidor del hombre que va a juzgarle y para arañar unos días más de vida inventa una historia en la que lo convierte en el héroe que su padre hubiera deseado que fuera y la angustia de un hombre que durante la postguerra vive encerrado en un armario para no ser descubierto y desde allí es testigo del acoso que sufre su mujer por parte del diácono.

De todos ellos, el segundo relato es mi favorito: en las montañas asturianas, en una de esas cabañas para pastores que los de la tierra conocemos tan bien, aparece una libreta pulcramente escrita al lado de tres cadáveres, el de un hombre, el de un bebé y el de una vaca. A través de este diario íntimo descubrimos que este joven ha huido de los vencedores de la guerra y se ha escondido con su esposa embarazada en esa cabaña en lo alto de la montaña. Ella muere en el parto y él pasa de la sensación de no reconocer al bebé como algo propio, en medio de la pena, a la lucha por la supervivencia de éste gracias a una vaca que encuentra por los prados. Durante días vela el cadáver de su esposa, casi una niña, pero finalmente la entierra al pie de un árbol. Su bebé también muere de hambre, después de meses en los que, debido a la nieve, no puede alimentar a la vaca y, por lo tanto, ésta no da leche para el bebé. La fuerza de este relato, la belleza de cada palabra de este padre adolescente, aspirante a poeta y hombre que se niega a rendirse ante el bando vencedor de la guerra, es una de las historias más hermosas y más tristes que he leído en mucho tiempo.

Son historias duras escritas con una gran sencillez, con un lenguaje muy vivo y muy evocador y con una técnica perfecta que mantiene la tensión en todo momento y el interés del lector al tiempo que nos va ganando, palabra a palabra, y nos traslada a esos lugares, a esas miserias.

15 junio 2008

Los culpables (Juan Villoro)

Juan Villoro reúne en Los culpables un conjunto de cuentos escritos en primera persona con un tono confesional y descarnado, como si fueran reflexiones que el narrador hace para sí mismo, que nadie va a escuchar y que, precisamente por eso, son desgarradas o hasta un poco ridículas en ocasiones –esas ridiculeces en las que todos caemos para justificar nuestros actos más absurdos–. Son narraciones en aparente desorden, llenas de cabos sueltos que acaban atados en las últimas líneas de cada historia y, sobre todo, plagadas de ironía.

Todos los cuentos que forman este volumen están unidos por un denominador común, la deslealtad –desde distintos puntos de vista: el que traiciona y se siente mal o no, el que está siendo traicionado y lo intuye o lo descubre por sorpresa–. Todos estos seres cambian en el transcurso de cada cuento. La amalgama de traiciones los van alejando de la persona que eran y sumiéndolos en la soledad y el desconcierto. Traicionan porque antes han sido traicionados, o traicionan sin más y su narración es su manera de justificarse. Desde el mariachi que debe reconciliarse con el tamaño de su pene hasta el guionista que debe escribir una “historia en bruto” en una máquina a la que le falla la letra eñe, todos ellos son personajes que sobreviven como pueden en el México actual o que tienen que cargar con los múltiples tópicos de lo que significa ser mexicano. En el relato titulado Mariachi podemos leer lo siguiente:

“Una vez soñé que me preguntaban: “¿Es usted mexicano?”. “Sí, pero no lo vuelvo a ser”. Esta respuesta, que me hubiera aniquilado en la realidad, entusiasmaba a todo el mundo en mi sueño”.

13 junio 2008

Bruno Schulz

SCHULZ, B., Obra completa. Siruela (1998)
Para mí, Bruno Schulz es uno de los autores más fascinantes de la literatura europea del s. XX. Supe de él como traductor al polaco de El proceso de Kafka, pero tardé mucho en leer sus relatos.

Lo primero que llama la atención de este autor es su vida solitaria, sin apenas haber salido nunca de su pequeña ciudad de Drohobycz (Galitza), un territorio que perteneció al imperio austro-húngaro, a Polonia, a la URSS y, actualmente, a Ucrania. Fue artista plástico y escritor, y esto último lo fue por casualidad: sus primeros relatos están basados en cartas que enviaba a una amiga hablándole de sus vecinos y de su familia. Era profesor de dibujo en un instituto y desde muy joven, tras la muerte de su padre, tuvo que hacerse cargo de su familia: su madre, su hermana –cuyo marido se había suicidado delante de ella degollándose con una navaja de afeitar–, dos sobrinas y una prima de terrible carácter. Este gineceo que lo rodeaba será capital para la visión que tiene de las mujeres y que se refleja en su obra. Durante la ocupación nazi de su ciudad, Schulz, que era judío, fue protegido por un oficial que admiraba sus dibujos y finalmente fue asesinado de un tiro en la nuca, en plena calle, por otro oficial de las SS enemigo de su protector. Hablaba polaco, alemán y yiddish. Se carteó con Joseph Roth y Thomas Mann. Fue, junto a Witkiewicz y Gombrowicz, el máximo exponente de la literatura polaca de vanguardia y una de las voces más originales de la literatura europea del s. XX. Y todo ello sin haber salido apenas de la pequeña ciudad en la que vivía.

Los dos libros de relatos de Schulz, Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra, son en gran medida autobiográficos. Dice Juan Carlos Vidal, en sus notas a la edición de Siruela (1993), que los tres pilares de su obra son el padre, la provincia y la mujer con látigo. Quizás por esta obsesión con la figura del padre se le compare tanto con Kafka (también la transformación de ese personaje de Schulz, el padre, puede recordarnos un poco a La metamorfosis del checo). Ambos, Kafka y Schulz, describen un mundo oscuro y misterioso, incomprensible en muchos aspectos, laberíntico, pero mientras en Kafka se nota una visión casi desde el desconcierto y la inocencia, en Schulz se descubre una mirada desde el centro mismo del mal. Kafka lo mira desde fuera y Schulz está en el ojo del huracán.

Las mujeres de los relatos de Schulz son de una feminidad y un erotismo casi doloroso, mostradas en todo su esplendor a través de los ojos del autor que las rememora tal y como las veía desde su adolescencia. Recuerdo especialmente a Adela, la hermosísima y carnal criada, de la cual decía el autor en uno de sus relatos: “(…) volvía en las mañanas luminosas cual Pomona de fuego de día acalorado y vertía en su cesta la belleza policromada del sol”, o a Magda Wang, vestida de cuero y con látigo. Estas mujeres de sus relatos se ven complementadas con los dibujos del autor recogidos en El libro idólatra. Se trata de dibujos con claros tintes masoquistas (una de sus grandes influencias fue La Venus de las Pieles de Sacher–Masoch) donde los hombres, feos y monstruosos, se arrastran y humillan a los pies de mujeres hermosas y dominadoras.

La obra de Schulz quizás peca de un cierto barroquismo lingüístico y, según los cánones actuales, no entraría dentro de lo que llamaríamos estrictamente relato, sin embargo son relatos. Relatos que no persiguen más fin que mostrar el mundo del autor y sus múltiples obsesiones, como el deseo de escapar de un lugar que le atrapaba y la constante del fracaso erótico. No son relatos fáciles de leer. En ocasiones uno tiene que obligarse a seguir adelante y mantener una concentración máxima, no sólo por el lenguaje ornamental, sino por la gran cantidad de imágenes y temas que se nos van apareciendo página a página. Pero leerlo merece la pena: es original, desgarrador y posee un mundo interior tan doloroso y conmovedor como el de Kafka, con quien tanto se le compara. Aunque Schulz tiene un toque pérfido que no encontramos en el checo.

12 junio 2008

Azul casi transparente (Ryu Murakami)

En esta novela no pasa gran cosa. Un grupo de jóvenes japoneses que viven en un mismo apartamento, cerca de una base norteamericana, se dedican a drogarse con todo lo que pillan (de algunas de las drogas ni siquiera había oído hablar), a pegarse entre ellos y pegar a la gente que se van encontrando y a acostarse los unos con los otros y también con todo el que se encuentran. Es una novela que va transcurriendo entre orgías y chutes. ¿Qué tiene de interesante entonces? A mí me ha encantado la lejanía con la que se narran las mayores barbaridades y algún que otro acto más sosegado, en ambos casos el tono es el mismo: libre de prejuicios y de condenas. Las descripciones son maravillosas. O mejor dicho: están maravillosamente hechas, con un estilo sencillo y limpio, centrándose en los detalles que harán que el lector se meta dentro de la historia que lee y huela y casi toque aquello de lo que se habla. Pero aquello que se describe es putrefacto, sucio e infecto. Ya desde el principio de la novela vemos a esos jóvenes drogados, tirados por los suelos del apartamento y rodeados de cucarachas. Eso es lo más suave que vamos a leer.

El protagonista de la novela se llama Ryu, es consciente de que su vida es un absurdo y un caos y que debería buscar un punto de cordura. Mientras tanto, al igual que sus compañeros, se droga y sobrevive. Tiene una relación más o menos estable con una prostituta mayor que él y los momentos de mayor ¿ternura? de la obra los encontramos cuando ambos se drogan juntos. Hay pasajes en los que Ryu describe la ciudad y la noche bajo los efectos de la droga y que son especialmente bonitos. Es inevitable pensar que hay cierto autobiografismo, no sólo por el nombre del protagonista y el autor, sino porque el novelista también vivió cerca de una base militar norteamericana.

Se ha comparado esta novela con Trainspotting, con las obras de Bukowski o con las de John Fante. Realmente sí puede tener algo que ver, pero me parece más interesante resaltar la situación y la sociedad que describe: Japón después de la Guerra Mundial, un grupo de jóvenes japoneses constantemente drogados, sin esperanzas y manipulables en manos de los soldados americanos de las bases cerca de las que viven.

Me hizo mucha gracia enterarme de que después de hacerse famoso en Europa Haruki Murakami, comenzaron a venderse cientos de ejemplares de la obra de Ryu, por aquello de que los confundían por el apellido. Me gustaría ver la reacción del lector que espera leer maravillas nostálgicas y emotivas como Tokio blues y se encuentra de pronto con Azul casi transparente.

10 junio 2008

Frío de vivir (Carlos Castán)

De Castán siempre conmueven sus personajes tristes que viven una vida que no les gusta y no son capaces de romper con ella, o esos otros solitarios que no logran desembarazarse de un amor del pasado, un amor imposible que ha marcado sus vidas. Por lo general, son personajes cuyo fracaso personal, su presente imperfecto, se enfrenta al “qué hubiera ocurrido si…”. Qué hubiera ocurrido si aquel amor de juventud les hubiera hecho caso o no los hubieran abandonado, qué hubiera sido de sus vidas si hubieran roto con la monotonía de lo cotidiano y se hubiesen arriesgado a cambiar de rumbo. Muchos de estos personajes son cobardes, prefieren la comodidad de lo conocido, antes que la incertidumbre y el desorden que supondría en sus vidas un cambio. Y aún así se lamentan. Otros tratan desesperadamente de cambiar su vida vacía por otra más emocionante, aunque para ello tengan que desear la muerte de su madre y hasta poner su granito de arena para que esta muerte se produzca. También son frecuentes los seres resentidos y maltratados que vengan en otros el daño que se les ha hecho o el miedo que tienen a vivir. Pero sobre todo, hay que destacar la figura del observador de la vida, ese personaje que ve cómo los demás viven y sueña con esas emociones y esos amores que él no se ha atrevido a experimentar, y que después se angustia porque no ha vivido, no ha exprimido su juventud.

Transcurren los relatos de Frío de vivir en trenes, cines, habitaciones que sirven de guarida que protege al individuo; en Madrid, Benasque y alguna ciudad desconocida del norte donde llueve mucho y que podría ser de Euskadi por el apellido de uno de los personajes.

En su mayoría, son relatos que nos recuerdan un poco al Bécquer de la leyenda El rayo de luna y de las rimas de desamor más descarnadas.

El árbol rojo (Shaun Tan)

El árbol rojo es, probablemente, una de las obras ilustradas más bellas que he visto en mi vida. Su autor, Shaun Tan, es un australiano de unos treinta y pocos años que comenzó haciendo ilustraciones de ciencia ficción. Es Barbara Fiore Editora quien nos trae esta joya y también otras del mismo autor, como Emigrantes.

El árbol rojo nos cuenta, brevísimamente, un día en la vida de una niña que al despertarse siente que el peso del desánimo lo llena todo, nadie la comprende, pero… Eso es lo importante de este libro de Tan, que hay un pero y un después para esos momentos de desánimo. La belleza de las ilustraciones conmueve e impacta. El texto, apenas una línea por ilustración, es de una sencillez y un candor que nos hace sentir lo mismo que esa niña, ser esa niña. Se utiliza un formato de letra similar al de las antiguas máquinas de escribir. Abrir cada página del libro es trasportarnos a un mundo mágico donde el color gris no sólo es gris y la gama de rojos nos llena de esperanza y consuelo.

Este librito nos muestra el inicio y el desarrollo de un día triste, como el que tantas veces hemos tenido, y nos enseña a esperar el milagro allí donde sólo creemos que hay frustración.

08 junio 2008

Completamente viernes (Luis García Montero)

¿Qué tiene Luis García Montero que cuando lo leo me emociona tanto? No lo sé. Quizás sea esa forma de escribir poemas, así, tan cotidianos, tan del día a día, pero cargados de imágenes que se te quedan prendidas en la memoria. Y de entre todos sus libros de poemas hay uno que destaca, en mi opinión: Completamente viernes, ese poemario en el que, a modo de advertencia, él nos dice:

Que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.

No voy a tratar de decir qué significan los poemas de Completamente viernes, ojalá supiera lo que le pasaba a él por la cabeza, pero sí quiero comentar qué percibí yo al leerlos. Me parecen los poemas de un enamorado que tiene al ser amado lejos de él y debe vivir con su recuerdo. Creo que hay un dolor, el dolor de la lejanía, del lugar vacío en la cama, de la conversación a través del teléfono que, cuando cuelgas, te deja más solo aún de lo que estabas.

No es el tener que irme,
ni es el amor vivido en dos ciudades,
sino la cuenta atrás de los últimos días,
la mala noche que pasea
su cuchillo de dudas en el pecho,
y después la mañana rencorosa,
el desilusionado rencor de los kilómetros
que me van separando cada vez más
(…)como la uña de la carne.

Me encanta esta última imagen a propósito de la separación dolorosa del ser amado (“como la uña de la carne”).Quien no haya vivido un amor en la distancia, quien no haya sufrido la diáspora de lunes a viernes y haya esperado con el corazón alborotado y dolorido la llegada del fin de semana, no podrá entender la melancolía de estos poemas, el enorme pozo de la soledad. Por eso dice García Montero cosas como:

Yo estoy donde tú estás, pero en la vida
hay cosas que no pueden compartirse.
(…)El poema
no nace del esfuerzo de hablar solo,
es la necesidad de estarle hablando
a una silla vacía.

También nos deja Montero eso tan universal, creo yo, de la mala despedida, del no decir lo que se debe, lo que se quiere, ni lo que se puede.

Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer.

Este es (repito, aun a riesgo de ser pesada) uno de los poemarios de amor más hermosos que yo he leído, y si no me creen, lean esto:

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

06 junio 2008

El corazón antiguo (Ramón Buenaventura)

Hay una sensación que se nos va quedando cuando leemos a Buenaventura y es que se mezcla la ficción con la realidad, que aquel Tánger y aquellos tangerinos de los que nos habla fueron de verdad, que gran parte de la historia de su vida está plasmada en sus novelas. A eso también ayuda que varios de los personajes aparezcan en varias de sus obras y hagan referencia a ellas y al propio Buenaventura como autor/personaje/amigo del protagonista. Crea sensación de realidad.

En El corazón antiguo, Pablo Huarte Udkini nos cuenta la historia de su vida o lo que sería más exacto: la historia de su relación con las mujeres. Unas veces con ternura, otras con dureza, pero siempre con la incomprensión hacia lo femenino, esa incomprensión que le hace caer en lo más profundo del amor y sufrir por no saber nada: por qué ellas reaccionan así, por qué no hay finales felices… De alguna manera, la obra muestra un recorrido vital hacia el principio, hacia un lugar que habitó, en el que fue (o creyó ser) feliz y al que quiere volver. Cuántas veces hemos oído a la gente decir: “He dado muchos tumbos por la vida para acabar en el mismo sitio del que partí, sin ser la misma persona y sin encontrarme el mismo mundo que dejé”. Eso es lo que le ocurre a nuestro protagonista, quiere regresar (uno no siempre quiere regresar a un territorio, a veces desea regresar a un persona, a una sensación…) o quiere encontrar. Como colofón de la novela (puro desorden cronológico, divagaciones interesantes, notas fingidas a pie de página, direcciones a webs y un largo etcétera de cosas poco comunes en las novelas) dejaré unas palabras del protagonista que, creo, la resumen perfectamente:

“El viaje está hecho e Ítaca no existe: qué sorpresa, compañeros; ahora resulta que no importaba llegar, importaba ir viviendo. Otra vez carpe diem; carpe noctem, también. Al carajo los paraísos de la memoria. Al final, todos los mensajes están dichos en todas las lenguas de los hombres, cuántas veces, y sólo se trataba de haberlos comprendido a tiempo. (…) Ítaca no existe y Circe tampoco. Mucho menos Penélope”.

01 junio 2008

Tara (Elena Medel)

Me acerco con un año de retraso a este libro de poemas de Elena Medel. Me acerco, también, pasmada ante el desgarro y la belleza de los versos de esta jovencísima autora.

El poemario está dividido en siete partes, en siete vidas. Casual o no, la elección de los siete apartados nos remite a este número mágico en casi todas las religiones y culturas, al número perfecto que aúna lo celestial y lo terrenal. Los versos son larguísimos, a la manera de Aleixandre y, en ocasiones, también nos regala prosa poética.

Comienza por la vida número siete, el momento en el que debe enfrentarse a la muerte de su abuela, a quien dedica el libro. Está en su cuarto y todo lo cotidiano que la rodea se transforma en eco del dolor: “la lluvia dolía igual que duele el frío en un cuento navideño con barrios de cartón. El viento (…) helaba los armarios”. El yo poético quiere esconderse de ese dolor bajo las sábanas (“la franela protege mi vida subterránea”), igual que los niños que se tapan la cabeza con las mantas para no ver a los monstruos salir del armario de su cuarto. El agua es una constante (“diluviaba”; “el río multiplica su caudal”), quizás como metáfora del llanto. Al final de esta séptima vida, el yo poético se atreve a salir de entre las mantas y enfrentarse a la muerte, a la que tanto temía. La muerte ya no le da miedo porque morir es reunirse con su abuela.

A partir de ahí, todo el repaso (hacia atrás) por las seis vidas restantes parece un compendio de todos los dolores, las pérdidas y las soledades propias y familiares, una manera de buscar cómo seguir adelante. El dolor sigue latiendo, agazapado, mientras leemos los versos que cierran su primera vida y, por tanto, el libro (lo cual no significa el final, como dice la autora utilizando unas palabras del Quijote: "¿Cómo puede estar acabado si aún no está acabada mi vida?”).