27 septiembre 2008

Sicilia, invierno (Ignacio Ferrando)


Este es el libro de relatos de un virtuoso. Sicilia, invierno viene avalado por varios premios y sobre todo por un nombre, el de Ignacio Ferrando, un autor que ya había impresionado con Ceremonias de interior, su anterior libro de relatos.

Nos encontramos en Sicilia, invierno un conjunto de piezas escritas con verdadera maestría. La estructura, el esqueleto de cada relato, es impecable y la lucidez con la que nos va llevando el autor hace de su lectura un verdadero placer. Las historias oscilan entre lo fantástico cotidiano, la abstracción y un cierto realismo teñido de influencias cinematográficas. Sus personajes son guionistas de telenovela que van a los bares a ver cómo reaccionan los espectadores después de cada episodio, hombres que abandonan su trabajo para dedicarse a ser acariciadores profesionales, duelistas que se enfrentan consigo mismos, trabajadores de una estación de autobuses que emparejan a los pasajeros tratando de que surja entre ellos una relación, pintores que tratan de emular ese cuadro que les hace estremecer, parejas que se van a vivir a una casa con las paredes y los techos llenos de espejos o muchachos del viejo oeste cuya vida depende de que no vean ni oigan a la hermosa mujer que toca el violín desnuda en uno de los cuartos de la casa.

Me parecen especialmente interesantes dos relatos: Caleidoscopio y Roger Lévy y sus reflejos. El primero tiene un aire de misterio que me recuerda a Patricia Highsmith: una pareja se va a vivir a la casa de una gimnasta alemana cuya presencia se respira en cada página. La casa tiene las paredes y los techos de espejo y reflejan hasta el infinito a la pareja protagonista haciéndola que cambie su comportamiento al observarse a sí mismos en estos espejos, aunque en el fondo todo hace pensar que la gimnasta alemana tiene mucho que ver con ese cambio. Roger Lévy y sus reflejos me parece un relato magistral, no sólo por el modo en el que está escrito, sino por la propia historia: ¿Y si cada vez que tomáramos una decisión excluyente nuestro otro yo viviera la vida que nosotros acabamos de rechazar? ¿Qué haríamos si nos encontráramos frente a frente con ese otro yo?

Al final del libro se recoge, además, una especie de apuntes en los que el autor explica minuciosamente cada relato, cómo surge la idea y cómo la desarrolla.

16 septiembre 2008

Entrevista: Marcelo Lillo


Marcelo Lillo (Chile, 1963) publicó El fumador y otros relatos en la editorial Caballo de Troya. Se trata de su primer libro de relatos, aunque ya tiene otro preparado (y también una novela). Ha ganado infinidad de premios literarios en su país y no se prodiga, casi se puede decir que se oculta. Poco o nada se sabe de él: habladurías, chismes, dimes y diretes que forman parte de su “mitología” más que de su biografía. Lo que sí podemos afirmar es que se trata de un hombre que lo ha abandonado todo en su apuesta por la literatura y se ha ido con su esposa y sus perros a vivir a una casa poblada de fantasmas en la lejana Niebla, una caleta a 18 kms de Valdivia y 850 de Santiago de Chile. Sólo dos veces por semana se acerca a lo que él llama “el pueblo” y donde tiene acceso a internet.


1. Has ganado más de veinte premios literarios, el primero a los 19 años, lo cual podía indicarte que ibas por el buen camino. Tenías relatos y novelas guardados en un cajón y un buen día decides hacerlo desaparecer todo porque sientes la necesidad de cambiar tu forma de escribir. ¿Qué te llevó a eso?

No sé exactamente por qué cambié mi forma de escribir. Eso sucedió en 1999, tal vez se debe a que el cambio de siglo o de milenio estaba cerca. ¡Oh! En todo caso fue algo bastante radical.
Recuerdo que le dije a mi mujer: "Todo lo que he escrito no vale un peso". Ella me preguntó si estaba seguro y le contesté que sí, por supuesto. "¿Y qué vas a hacer ahora?", siguió preguntando ella. "Ahora voy a escribir un cuento en 7 días, una carilla por día. Y se va a llamar "Hielo", ¿qué te parece?" Ella : "¿Por qué "Hielo"? Y yo: "¡No tengo la menor idea ni sé de qué se va a tratar!"
Tal vez lo anterior a "Hielo" era demasiado anticuado y poco inquietante. Quizás.

2. Dice Carver (no sé si tú estás de acuerdo) que un buen escritor necesita tres cosas: talento, ambición y suerte. ¿Qué autores actuales crees que poseen eso (especialmente talento y ambición)?

Ambición y talento posee Marías, demasiado, es un escritor fantástico. También tenía ambas cosas Bolaño, que era un verdadero artista. Roth, DeLillo, son talentosos y ambiciosos, y por eso me gustan como escritores. Cheever, que es otro escritor que me agrada tenía gran talento, aunque quizás menos ambición. Coetzee es otro artista de mi lado, y la gran dama del cuento que es Flannery O'Connor.
Talento, ambición y suerte. Razón tenía Carver. Yo le agregaría algo extraño y fascinante: intuición.

3. ¿De qué autores y de qué obras te sientes deudor?

Debo sobre todo a Carver. Y eso es más que suficiente.

4. La impresión que tiene el lector de tus relatos es que escribir te duele. Leerte también duele. No haces pornografía del dolor, no te recreas morbosamente, lo haces con una total naturalidad, pero el dolor está ahí, en todas tus historias y en todos tus personajes. Recuerdo ahora el relato
La felicidad y me viene a la cabeza la tristeza de la pareja que no tiene dinero ni para comer y se "cuela" en la fiesta de cumpleaños de un niño cuya familia tiene lo que a ellos les falta, pero tampoco son felices porque no tienen otras cosas (la descripción del niño me parece maravillosa). ¿Quieres transmitir eso en tus historias, que la felicidad es una mera ilusión y nos condiciona más aquello de lo que carecemos que aquello que tenemos?

"Felicidad" es una palabra extraña. Todos somos felices e infelices a la vez, y si vive demasido el hombre y la mujer terminan siendo muy infelices porque la vejez es lo peor; aunque de repente son felices porque vuelven a ser niños. ¿Hay algo que tenga menos sentido que eso? Mi intuición me dice que eso puede quedar bien en un cuento, que es como empiezo a escribir los relatos: una intuición que puede ser un título (Así escribí "Hielo" y "Diente de león") o una situación horrible ("La felicidad" es 99 por ciento real, los personajes -por darles un nombre somos mi mujer y yo) o una escena armada en mi cabeza. Cosas así. Lo malo, o lo bueno, es que calan hondo y a los lectores de verdad les gusta. Y eso es una felicidad para mí.

5.
El fumador aparece de alguna manera destacado entre los demás relatos porque da nombre al libro. En él, un hombre cuyo matrimonio se está destruyendo conoce a un "escritor itinerante" que se dedica a vender, de puerta en puerta, sus novelas. Es un hombre que ha renunciado a todo, también a su familia, por su arte. Este relato me recordó a un artículo que leí sobre ti y en el que se decía que habías dejado tu trabajo como profesor, lo habías vendido todo y te habías "autoexiliado" en Niebla. ¿Hay en eso una actitud vital, o mejor dicho: artística, una apuesta de todo o nada, una idea integral de que el escritor es una artista y como tal su compromiso con la escritura tiene que ser exclusivo y su vida solitaria?

Renuncié a todo, como tú bien dices (incluyendo a mis supuestos familiares, a mis amigos y mis vecinos de Valdivia), y claro que hay una apuesta vital: era todo o nada porque a pesar que ganaba bastante bien (1.3000 euros mensuales, aproximadamente, con lo que se vive muy bien en Chile) no era feliz. Y siempre he preferido ser feliz a trabajar. O vivir la vida antes de trabajar o criar hijos. "¿Por qué no lo hiciste?", me hubiera preguntado al ser un anciano respetable, "¿qué hubiera pasado?". Preferí comprobarlo.

6. En
40 caballos dices: "Era triste ver a personas humildes infladas por un triunfo, y meses después hallarlos revolcados en el barro una mañana mientras iba al colegio, bañados en alcohol y en el olvido porque detrás de cada victoria está la derrota esperando su oportunidad". Esta idea aparece en tus relatos: todos somos perdedores. Una de las imágenes que más me viene a la memoria al recordar tus historias es la del tipo tirado en la cama y viendo la televisión, el tipo que se ha rendido y que ya no espera nada de la vida. ¿Son esos tus temas obsesivos: la derrota, la rendición, la desesperanza, la soledad, la incomunicación?

No soy un obseso con nada, pero no puedo escribir de otra manera, de otros tipejos. Algo me pasa que me es imposible, no me creo a mí mismo y eso sí que es fatal. No creer tus frases, no creer lo que dicen tus personajes. Eso me pasa con los colegas chilenos: no les creo y por eso no los leo. ¿Por qué le creo todo a DeLillo? ¿Por qué le creo todo a James Salter o Ring Lardner?

7. Me gustaría que nos contaras cómo es un día normal en la vida del Marcelo Lillo escritor y qué tiene Niebla de especial.

Todos le dicen "El balneario de Niebla", pero no es más que una caleta. Hermosa, me levanto mirando el mar y al atardecer veo la puesta de sol por entre la lluvia. ¡Espectáculo! Entremedio: un par de piscos sours (el trago chileno: limón, clara de huevo, pisco de 35 grados y azúcar; hecho por mí, of course), cocinar, dormir un par de horas de siesta y de 18 a 20 hrs. escribir algo interesante, que me sobresalte. Luego, con un café en la mano mi mujer y yo nos entregamos a charlas sobre libros escuchando el rumor del mar. Si está bueno bajamos a la playa con los perros (incluyendo los fantasmas), y si está mejor hacemos una fogata.
Lo mejor de Niebla: en invierno, con la neblina que no deja de ver nada a 3 metros.
Lo mejor de Niebla: que nadie sabe cómo me llamo.
Lo mejor de Niebla: que nadie hace preguntas y todos piensan que soy un cazafantasmas porque mi casa está embrujada y le tienen miedo.

8. ¿Qué elementos tiene que tener un relato para que te interese como lector?

Un relato tiene que inquietarme. Estamos en el siglo 21. Algo debe correr por mi espalda.

9. Por último, sólo espero que ya no tengas la Colt 45. No la vas a necesitar… Por cierto, ¿de dónde salió lo de la Colt 45: es leyenda o realmente lo dijiste tú?

La Colt 45 existe bajo el colchón donde dormimos mi mujer y yo. Existe y existirá siempre porque no voy a morir en la cama escuchando decir lo bueno que era. Existe porque un día me aburriré y porque en la literatura las pistolas hay que usarlas. Existe porque desde niño quise ser un cowboy. ¿Hay otro motivo para que la Colt exista? Tal vez si mi próximo libro de cuentos -CAZADORES- o mi novela -MENTIRAS INVENTADAS DESPUÉS DEL FIN DEL MUNDO- fracasan.
Vale más un escritor muerto que uno vivo, si no pregúntenle a...

10 septiembre 2008

RELEYENDO: Nueve cuentos (J. D. Salinger)


Salinger es un tipo peculiar, uno de esos escritores de culto que, de pronto, se encierran dentro de su caparazón y quieren desaparecer del mapa, lo cual contribuye más aún a su leyenda. Cuando pienso en Salinger, recuerdo a Vila-Matas y su libro Bartleby y compañía, donde habla de todos esos autores que, como el famoso personaje de Melville que da título a la obra, un día deciden que “preferirían no hacerlo” y dejan de escribir o, al menos, dejan de publicar. Imagino que lo que le ocurrió a Salinger fue que tras el éxito de El guardián entre el centeno le entró pánico ante las consecuencias de ese éxito: la invasión de su intimidad, algo contra lo que luchó desde entonces, aunque por desgracia sus amigos trataron de publicar las cartas que él les enviaba y su propia hija, no hace tanto, escribió unas memorias miserables sobre él.

Que Salinger es un tipo raro ya se sabe. Que es un ser atormentado, también. La causa de este tormento pudo haber sido la Segunda Guerra Mundial. Se vio obligado a alistarse y se dice que ya nunca volvió a ser el mismo. Este tema (las secuelas de la guerra) es muy frecuente en Nueve cuentos. En Un buen día para el pez plátano el protagonista es un hombre que regresa loco de la guerra, en El tío Wiggily en Connecticut una mujer está desequilibrada tras haber perdido en el frente a su novio y en Para Esmé, con amor y sordidez, el protagonista es un soldado atormentado.

Otra de las constantes de estos relatos (lo vemos también en El guardián entre el centeno) es el mundo de la infancia y la adolescencia. Salinger suele criticar la educación represiva de los niños y el modo en el que los idiotizan los adultos o bien los obligan a crecer antes de tiempo. Saliger parece preocupado por mantener a los niños inocentes e infantiles. Es maravillosa, por ejemplo, la candidez de la niña de Un buen día para el pez plátano frente a la locura del personaje masculino. En cambio, la niña del relato Para Esmé, con amor y sordidez parece una mujer pequeña metida dentro de un cuerpo de niña, por lo que choca al lector y le resulta incluso preocupante.

Siempre me ha gustado de los relatos de Salinger el uso que hace del diálogo (algunos creen que es un abuso). Me gusta el modo en el que muestra lo frívolo y superficial de la sociedad de su época a través de esas conversaciones tontas que sirven de telón de fondo a la verdadera tragedia que se cuece en cada una de las historias. Y la sencillez, sobre todo la sencillez con la que escribe, que convierte en un placer la lectura de sus relatos.

07 septiembre 2008

Norteamérica profunda (Juan Carlos Márquez)


Con Norteamérica profunda Juan Carlos Márquez ganó el VIII certamen de relatos Rafael González Castell en el año 2005, aunque no fue hasta este año cuando apareció publicado.

Este volumen está formado por cinco relatos que se desarrollan en esa Norteamérica profunda de la que nos habla el título, pero no como un lugar geográfico, sino como un lugar que está en el imaginario de todos los que han visto cine y han leído a determinados narradores americanos. El autor se hace eco de tópicos (la viuda de un soldado de la Gran Guerra, las descripciones de lugares desérticos, los colonos que construyen sus casas en territorio indio, los presidiarios que tanto nos recuerdan a las grandes películas del género…) y les da una vuelta de tuerca hasta hacerlos aparecer como algo nuevo.

La primera de las historias, La sombra de las acacias (el relato favorito del autor, según él mismo ha dicho) nos acerca a la vida del joven John Middleton, huérfano de un soldado de la Gran Guerra que ve cómo un hombre, que dice estar en deuda con su padre porque le ha salvado la vida, les saca a él y a su madre del miserable Bronx para instalarlos en una granja de Minnesota. El chico nota la atracción entre su madre y este benefactor, y pone todas sus esperanzas en Linda, la hija adoptiva de un hippie que va a trabajar a la granja, para acabar con esa situación. Se dice que el coño de la joven tiene poderes mágicos porque todos los que se acuestan con ella consiguen lo que quieren: formar parte de un importante equipo de baloncesto, superar la tartamudez… Jonh Middleton descubrirá si estos supuestos poderes le ayudan a él a separar a su madre de ese hombre o no.

Los jueves de Pleasent me recuerdan, por su atmósfera aristocrática y decadente, a la Savannah que nos muestra Clint Eastwood en Más allá del jardín del bien y del mal. El protagonista, un aristócrata venido a menos, hereda una casa tras la muerte de su madre y, mientras baraja la posibilidad de venderla, invita a un amigo y su familia. Somos testigos entonces de las aventuras amorosas de ambos personajes masculinos y del instante en que lo que parecía bello se transforma en un problema y pierde toda su magia. El amor y el sexo, en definitiva, parecen salvarles del vacío de la existencia hasta que todo se complica y entonces desean volver a ese vacío cotidiano, una manera absurda de tranquilidad.

Salvajes nos narra una historia de indios y colonos sin caer en esa división de buenos y malos según los cánones de las películas de vaqueros. No hay buenos y malos aquí, sino seres que buscan una oportunidad en la vida, se afanan en conservar las tierras y temen a los antiguos habitantes, los indios. Se hace referencia al pasaje bíblico de Isaías (“Habitará el lobo con el cordero…”) indicándonos quizás que éste es el verdadero problema entre indios y colonos: no haber sido capaces de convivir.

La tierra en pedazos es la historia de una amistad entre dos veteranos de guerra que se encuentran veinte años después en una prisión, uno como preso y el otro como guarda. Pasan el rato charlando y haciendo puzzles. El guarda vive para recordar a su esposa fallecida y el preso está en la cárcel por haber matado a un hombre para defender a la mujer a la que éste estaba maltratando. Es una historia de segundas oportunidades donde el preso, una vez liberado, debe enfrentarse a una situación similar a aquella que lo llevó a la cárcel.

La última de las historias, El espíritu del norte, nos cuenta el viaje en caravana de un hombre y su mujer, a la que le queda un año de vida, para ver la aurora boreal. Es, para mí, el relato más conmovedor de todo el libro. Ese viaje en el que el tiempo se les va escapando entre los dedos y en el que se van enfrentando a la muerte es en realidad, como lo son casi siempre las road movies, un viaje a través de uno mismo y la aurora boreal me pareció en realidad una metáfora del esplendor y el milagro que es la vida cuando uno la vive con la conciencia de que se acaba.

En todas estas historias el autor utiliza un imaginario popular que está en la mente de todos (historias de indios y colonos, presidiarios, road movies…) dándoles un sorprendente giro y transformándolas en algo nuevo, una recreación de toda esa Norteamérica que nos ha llegado a través del cine y de la literatura pasada por la mano personal y acertada de Juan Carlos Márquez. Este es, sin lugar a dudas, uno de los mejores libros de relatos que he leído en mucho tiempo.

03 septiembre 2008

Entrevista: Juan Carlos Márquez

Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) ha ganado premios como el Unión Latina 2003 (Premio Internacional Juan Rulfo al mejor escritor novel), el VIII Certamen Internacional "Rafael González Castell" (2005) y el Premio Tiflos de cuento en 2008, año éste en el que aparecen publicados sus libros de relatos Oficios y Norteamérica profunda. También está presente en la antología Parábola de los talentos. Compagina, además, la escritura con su labor como profesor de la Escuela de Escritores.


1. Oficios y Norteamérica profunda tienen dos estilos claramente diferenciados. He leído en una entrevista que fuiste escribiendo los cuentos de ambos libros casi al mismo tiempo y, sin embargo, yo hubiera dicho que fueron escritos en épocas distintas. ¿El propio relato te impone el estilo o hay un ejercicio consciente para no repetir fórmulas y estilos de unos libros a otros?

Pudiera decirse, como bien afirmas, que es el propio relato el que determina el estilo. No obstante, reconozco en mi escritura cierta bipolaridad: historias concebidas de forma visceral y lúdica (la mayoría de Oficios) que se alternan con otras más cerebrales (el grueso de Norteamérica profunda), derivas frente a cauces. No sé qué ocurrirá en los próximos años y en los próximos libros, sí es que los hay, pero sí que me atrae, y mucho, seguir escribiendo libros distintos, desaparecer como autor reconocible o, al menos, reinventarme.

2. Creo que todos los autores tienen una serie de temas obsesivos, temas de los que probablemente tratan de huir en ocasiones, pero que acaban imponiéndose casi sin poder evitarlo. ¿Cuáles son los tuyos?

Supongo que todos los que no tienen remedio: la muerte, la estulticia, lo oculto, lo que parece y no es o bien es algo muy distinto.

3. Al leer tus cuentos, queda en el paladar del lector un regusto muy especial: humor, ternura, poesía. Me llama la atención, por ejemplo, la manera en la que rompes los momentos realistas o la cotidianidad del día a día con destellos de surrealismo y hasta de absurdo. ¿Qué importancia tiene para ti, como escritor y como lector, precisamente esto: el humor, el absurdo y el surrealismo?

El humor es para mí un antídoto contra la certidumbre de la muerte, es pura vitalidad, y surge básicamente de lo absurdo y de lo surreal, de aquello que trastorna, descoloca o le da un vuelco a lo real. Lo que nos hace reír o sonreír tiene difícil acomodo en lo real, queda al margen.

4. Como lectora, agradezco mucho el estilo que se diferencia de Carver y de Richard Ford. No porque no me gusten (al contrario: los considero maestros del relato), sino porque a veces he tenido la sensación, al leer a algunos autores, de que leía a alguien que trataba de escribir como Carver. Tú, sin embargo, te consideras deudor de estos autores y también de Cheever, Salinger o Capote, pero ni siquiera en los cuentos de Norteamérica profunda se ve un calco del estilo de ninguno de ellos. Da la sensación de que has interiorizado estas lecturas y las clases de buen hacer que ellos nos muestran en sus relatos, pero te han influido a un nivel más profundo. Me gustaría que nos comentaras con qué te has quedado de cada uno de ellos.

Más que de con qué me he quedado, he de hablar de con qué me hubiera gustado quedarme. La contención de Carver, ese afrontar las relaciones humanas sin caer en la pornografía sentimental, fue para mí un descubrimiento, así como la minuciosidad y el tino con que elige y despliega las metáforas de situación. De Ford me quedo con su gusto exquisito por los detalles, que consigue convertir en piezas de un mecano narrativo de gran calado. Cheever es un maestro a la hora de afrontar los temas universales, lo hace sin aspavientos, como que no quiere la cosa. Salinger quizá sea el mayor turbador de la literatura del siglo XX. Capote es el rey de la fluidez y el dueño de una de las mejores prosas que pueden leerse. Todos ellos forman parte de mi altar privado de escritores, donde también figuran muchos no norteamericanos.


5. Me parece que hay mucha deuda al cine en Norteamérica profunda. Al leer algunas descripciones de lugares y personajes, incluso en el tono de los relatos, veo destellos de viejos films y también de otros más actuales. ¿Qué películas piensas tú que han creado ese imaginario que plasmas en este libro?

Mi deuda con el cine es enorme. Antes de dedicarme a la escritura, fui un cinéfago de tomo y lomo, y en cierta forma, aunque en menor medida, lo sigo siendo. A lo largo de mi vida es seguro que he visto mucho más que he leído, como supongo que les ocurre a la mayoría de los escritores contemporáneos, incluso a quienes reniegan de la imagen. No sé exactamente (no puedo saberlo) cuáles son los filmes que contienen el imaginario del libro, pero sí que puedo nombrar algunas de mis películas y mis directores favoritos: Centauros del desierto, Pasión de los fuertes, Las uvas de la ira y Qué verde era mi valle, de Ford; los ríos y La fiera de mi niña, de Howard Hawks; casi todo Capra y Lubistch; Billy Wilder al completo; Los viajes de Sullivan, de Preston Sturges; El emperador del Norte, de Robert Aldrich; Deliverance, de Boorman; El increíble hombre menguante, de Jack Arnold; Freaks y Muñecos infernales, de Browning; Ultimátum a la tierra, de Robert Wise; el cine de pocos medios, doncellas enterradas en vida y neblinas en el bosque de Roger Corman; Coppola, Lucas, Spielberg, Eastwood, Tarantino, etcétera. La lista sería interminable.

6. Oficios es uno de esos libros que se lee con envidia insana: personajes maravillosos, historias asombrosas, en definitiva, un libro que engancha y que, desde luego, es diferente. El libro que cualquiera querría haber escrito. Visto ahora desde la distancia, y haciendo referencia al título, ¿cómo dirías tú que influyen en tus personajes los oficios que desempeñan?

Los oficios condicionan en el libro las distintas personalidades de una manera determinante, funcionan como generadores o proyecciones de estados mentales. El protagonista de Desinsectadores, madres posesivas y prostitutas es un exterminador de plagas que se lleva el trabajo a casa, y el de Agentes de mudanzas y pintoras parisinas no consigue encontrar su lugar en el mundo, es incapaz de “establecerse” sentimentalmente, por citar un par de ejemplos. De la misma manera, la protagonista de Faquires, decoradoras de interiores y geishas acaba perdiendo la perspectiva de lo que es real y lo que es un decorado, puro atrezo. Ya lo dejó dicho Aristóteles: “Somos lo que hacemos cada día.”

7. El espacio parece marcar el comportamiento de tus personajes. También el tiempo. ¿Qué importancia tienen ambos cuando te enfrentas a la escritura de un relato? ¿Y el narrador? Porque he observado que sueles utilizar narradores en primera persona, los que más fácilmente traicionan al escritor y caen en sensiblerías, pienso, porque son los que más “chirrían” si no se da con el tono adecuado y creíble, sin embargo, los tuyos son muy logrados.

Me gusta jugar con el espacio y el tiempo. Es arriesgado, lo reconozco, pero si se tiene la suerte de atinar, puede conseguirse un “plus” para el cuento. Voy a poner un par de ejemplos que espero que sean clarificadores. La sombra de las acacias, el cuento que encabeza Norteamérica Profunda, está narrado en presente histórico. Se narran en presente una serie de hechos que transcurrieron hace tiempo (Al poco de morir papá victima de una granada que le estalla entre las manos cerca de Saigon –de eso hace ya más de quince años-, mamá se emplea de camarera en Magic…). Con esa apuesta, que asumí tras un período de reflexión, se corre el riesgo de descolocar un poco al lector, sobre todo en el comienzo del texto, pero se obtienen dos ventajas claras: por una parte, desaparece en buena medida o pasa a un segundo plano en la mente del lector la sombra alargada del típico relato de un adulto recordando su infancia; por otra, da la impresión de que lo que ocurre está pasando aquí y ahora, con lo cual el interés se supone mayor, porque siempre será más atractivo asistir a lo que pasa que a lo que ya pasó.
En Salvajes, en cambio, lo que me interesaba era crear un efecto poco frecuente mediante el uso del espacio. Por lo general, los cuentos opresivos, que orbitan en torno a una amenaza, se desarrollan en lugares cerrados. Sin embargo, yo intenté trasladar el clima opresivo de la casa de los protagonistas a los grandes espacios, al bosque, los trigales, el río, como ocurre en muchos westerns y en el cine bélico. Intento mediante el espacio transmitirle al lector la sensación de que los protagonistas no están seguros en ninguna parte, ni lo están ni van a estarlo jamás.
En cuanto al narrador en primera persona, me siento cómodo con él porque es el que más y mejor me permite desdoblarme o convertirme en otro, pero es cierto que para llevarlo a cabo con cierta solvencia se precisan un tono y una atmósfera muy apropiados.

8. Parábola de los talentos es una antología de jóvenes cuentistas. Coméntanos cómo surge este proyecto y háblanos un poco de los otros “parabolistas” que te acompañan. A mí me han parecido especialmente interesantes los relatos de Matías Candeira.

Hace dos veranos, a la vuelta de un viaje por China, me topé con un correo electrónico en el que se me invitaba a participar en la antología, pero se me advertía de la dificultad para ser seleccionado. Me consta que una serie de escritores y profesores de escritura, bajo la coordinación de la editorial Gens, dedicaron mucho tiempo y energías a la selección de los relatos, que abarcó centenares de autores y cuentos. Una vez leída la antología, me sentí muy honrado de formar parte de ella, porque la mayoría de los relatos me parecieron muy buenos. Digamos que Parabola de los talentos fue mi primera publicación “seria”, aunque Norteamérica profunda ya estaba por entonces pendiente de edición. A raíz de la publicación del libro, los parabólicos hemos mantenido un contacto bastante estrecho, muy amistoso, así que a la admiración literaria se ha unido la personal, por lo que me resulta muy difícil exhibir mis preferencias. No obstante, me parecieron excelentes los relatos de Ignacio Jáuregui, Enrique Triana, José Luis Pereira, Aldara Fernández de Córdova y, como bien apuntas, Matías Candeira. Creo que Matías, buen amigo, es una realidad prometedora y le deseo mucha suerte con La soledad de los ventrílocuos, su primer libro de relatos, que será editado en los próximos meses por Ediciones Irreverentes.

9. Me gustaría que nos comentaras cómo es tu proceso de creación, cómo transformas ese primer destello de idea en un relato. Es más: cómo sabes que ahí donde has posado la mirada hay una historia que contar.

Depende. A veces el proceso es como desmadejar una bobina de lana. En realidad no sé si hay o no una historia hasta que no toco con mis dedos el extremo final de la lana. Otras, por el contrario, es un destello el que me ilumina la historia, como ocurrió con Braceros, oficiales de primera y amas de casa, cuyo germen fue un error de mecanografía: una alumna mía tecleó sin querer teníamos un bracero bajo la mesa en lugar de teníamos un brasero bajo la mesa. A mí, en principio, me hizo mucha gracia el desaguisado, pero luego le vi posibilidades poéticas y simbólicas en el marco del desarrollismo español, así que le pedí permiso a la autora de la errata y me puse manos a la obra.

10. Desde tu punto de vista, ¿qué es imprescindible para que un relato sea considerado como tal y no simplemente un texto, una estampa o una anécdota?

Que se plantee y se resuelva un conflicto, aunque sea mínimo. Que al terminar el relato al menos alguno de los protagonistas haya experimentado un cambio o haya tomado conciencia de algo que hasta ese momento le había pasado inadvertido.

11. Dinos cuáles son tus autores favoritos (los que te han marcado como escritor) y qué libros de cuentos has leído últimamente y te han impresionado.

No sé cuáles me han marcado, así que escribiré a vuela pluma algunos que hubiera querido que me hubieran marcado: Chéjov, Dovstoiesky, Tolstoi, Cortázar, Borges, Arreola, Proust, Joyce, Melville, Stevenson, Conrad, London, Bradbury, Carver, Poe, Ford, Faulkner, Capote, Salinger, Bukowski, Hemingway, Steinbeck, Mihura, Celaya, Aldecoa, Beckett y un larguísimo etcétera.
Entre los últimos libros de cuentos que he leído, me impresionaron los cuentos de la primera mitad de Mil cretinos, de Monzó; varios de Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando; y el libro de microrrelatos Cuentos del jíbaro, de Juan Gracia Armendáriz. Aunque en el último año se han publicado muchos libros buenos de cuentos, casos por ejemplo de Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, Porvenir, de Iban Zaldua o Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón, por citar algunos.

12. Me gustaría que nos hablaras del cuento en España actualmente. ¿Crees que es un género que goza de buena salud y del reconocimiento que merece o piensas que algunos siguen viéndolo como un género menor? Las grandes editoriales apuestan poco por él y la mayoría de la gente le pregunta a los cuentistas cuándo darán el salto a la novela, como si el cuento fuera un escalón a superar para llegar a otro lugar y no un lugar en sí mismo. ¿Qué piensas al respecto?

El cuento, hoy por hoy, no tiene la repercusión mediática de la novela a no ser que el autor disponga de un engranaje de promoción a su servicio, pertenezca a la generación de moda o se muera; pero eso tiene poco o nada que ver con la salud del cuento, que en estos momentos es muy buena. Las grandes editoriales, salvo casos excepcionales como el de Anagrama, van a seguir sin apostar por él con fuerza, y casi mejor que sigan así porque, cuando lo hacen, el resultado no suele ser muy edificante y eso puede confundir a los lectores que se aproximan al género. Por otra parte, lo del salto a la novela y ¿pero escribes cuentos para niños? son dos de las preguntas con las que tenemos que convivir los cuentistas. Lo mejor es no airear por la familia y el barrio que uno es cuentista para no ser objeto de un interrogatorio atroz en las comidas familiares, el zaguán o la pescadería. Es preferible mantenerlo en secreto, como un desliz inconfesable. Pssssssss.

13. Como profesor que eres de la Escuela de Escritores, tengo que hacerte una de esas preguntas de Perogrullo que nunca pasan de moda porque siempre hay quien piensa que el escritor nace siéndolo y está destinado a ello sin que tenga que hacer nada especial para conseguirlo. Por eso te pregunto: ¿se puede aprender a escribir? Es más: ¿se puede enseñar a escribir?

Sí, se puede instruir a los alumnos en un conjunto de técnicas narrativas y asesorarles y motivarles en la elección de sus lecturas, que tienen una función esencial en la formación de un escritor. El aprendizaje, como ocurre en cualquier otra disciplina, artística o no, dependerá de la capacidad de docencia del profesor y de la asimilación del alumno, además del trabajo, la mirada personal sobre el mundo y el talento del segundo. Yo, en los años que llevo como profesor, no conozco el caso de ningún alumno que no haya progresado y sé de algunos que tienen buenos libros publicados.

14. Por último, Juan Carlos, dinos cuál es tu relato favorito de cuantos has escrito y háblanos un poco de él.

Sin duda, La sombra de las acacias, que me valió el premio Unión Latina, porque es el relato que más se aproxima a la idea de él que me había hecho antes de escribirlo y porque lo escribí sin apenas esfuerzo, en un estado casi hipnótico. Lo fui escribiendo como si me lo dictaran al oído, como si yo fuera una barrica y el relato fuera un vino que llevara años madurando dentro de mí. De hecho, es el único relato propio que releo de cuando en cuando. En La sombra de las acacias se encuentra como en ningún otro relato la Norteamérica profunda y todo el imaginario del cine y la literatura que me inició como escritor. Se trata de un relato bastante largo pero de lectura ligera que incluye elementos surrealistas en un marco completamente realista, diálogos, humor ácido, ternura, crudeza. Me gusta.



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Pincha en el título si quieres leer los siguientes relatos de Juan Carlos Márquez:

02 septiembre 2008

Oficios (Juan Carlos Márquez)


Leyendo Oficios, de Juan Carlos Márquez, me acordé de La cantante calva de Ionesco. Me acordé, concretamente, del momento en el que un personaje le pregunta a otro: “¿Qué está haciendo la cantante calva?” y el otro le responde: “Peinándose”. Esta es la situación que vamos a encontrarnos en cada uno de los catorce relatos que forman Oficios: absurdo del bueno, del que nos recuerda también a Beckett, a Mihura y, sobre todo, al Jardiel Poncela de Amor se escribe sin hache.

Catorce relatos, como he dicho, divertidísimos, originales y sorprendentes donde nada es lo que parece: un bracero del campo está escondido debajo de una mesa y calienta a la familia como si de un brasero se tratara, las geishas, faquires y esquimales son los souvenirs que se traen los turistas de sus viajes, un muerto busca un lugar en el que acomodarse porque una familia ha ocupado su tumba, un adolescente aburrido y una ex modelo despechada se miran golosamente desde sus respectivas ventanas, un hombre hace un uso especial de la picadora que le regalaron a su mujer por su boda… Estos son algunos de los personajes que nos encontraremos en las páginas de este libro.

Juan Carlos Márquez juega con las palabras y con los conceptos, los mezcla (a la manera de Ramón Gómez de la Serna en las greguerías) y el resultado es un magnífico ramillete de cuentos que nos tiene pegados a la lectura, entretenidos, divertidos, pasmados y con la sonrisa en los labios.

Son muchas las imágenes que nos quedan prendidas en la memoria tras leerlo: el faquir utilizado como mesa para posar el té que preparó una geisha, la mujer madura queriendo rociar de azúcar al adolescente para lamerlo después, la psiquiatra con pestañas como patas de araña, un vendedor de pisos haciendo el amor salvajemente con su compañera de trabajo en un apartamento vacío, una modista con la cara escondida bajo la tulipa de una lámpara de pie. Todos ellos hacen de este libro una magnífica carta de presentación para su autor y dejan con ganas de leer Norteamérica profunda, su otro libro de relatos.