José Luis García Martín no sólo habla de lugares, lo sé, pero para mí –he de reconocerlo– habla fundamentalmente de eso. He leído sus opiniones sobre literatura (concretamente poesía), sobre cine… Pero lo hace de tal manera que uno siempre acaba con la imagen de una ciudad en las pupilas tras leerlo. Critica ferozmente los versos de un joven poeta asturiano y de pronto me viene a la memoria la Fontana de Trevi; en sus diarios hace un comentario mordaz sobre un conocido y rememoro entonces alguna plaza de Lisboa. Quizás se deba a que es un “vividor” de ciudades y, precisamente por eso, parece que habla de cualquier cosa como si del rincón mágico de una ciudad se tratara.
Leerlo es aprender a amar lugares desconocidos mucho antes de haber puesto un pie en ellos. Cada descripción, cada evocación, va cargada de emociones y vivencias íntimas. Va cargada, sobre todo, de decenas de lecturas. Leer a García Martín es descubrir rincones y descubrir autores, o lo que es mejor: descubrir esa amalgama bien amasada de ambos donde no se sabe dónde acaba la poesía de una ciudad ciudad y dónde comienzan los versos de los poetas que nombra.

En Sueño, fantasmagoría (Llibros del Pexe, 2005) dice que el azar es su guía en las ciudades que ama y eso se transmite en lo que escribe. Un paseo por cualquier ciudad se convierte no sólo en una fisonomía de sus lugares favoritos, sino en un viaje al pasado y al recuerdo a través de olores, imágenes y libros. En esta misma obra hace una reflexión acerca de las primeras veces que llegamos a los lugares, puesto que no son primeras veces del todo: llegamos guiados por lecturas y lo que imaginamos que vamos a encontrar.
“A veces tiene uno la impresión de que todo lo que le queda por vivir ya lo ha leído, de que viajamos sólo para ilustrar con imágenes los libros de nuestra biblioteca”.
Café Arcadia (DVD Ediciones, 2003) es uno de mis libros favoritos, concretamente las hermosas estampas que nos regala de Coimbra, llenas de emoción ,de recuerdos de aquellas calles con tranvías. Es la mirada del que está de paso y lo observa todo con ojos asombrados porque su estancia en el lugar va a ser breve.
“Para descubrir una ciudad, para verla verdaderamente, hay que estar de paso en ella. Porque lo mejor de una ciudad no es nunca lo que vemos, sino lo que imaginamos detrás de esa iglesia, al doblar una esquina, en aquel barrio más allá del río.
Las ciudades más hermosas son como cualquier otra ciudad para el que vive en ellas. Sin el viajero ocioso, sin el turista, la belleza del mundo hace tiempo que se habría borrado por completo”.
“El paseo puede comenzar en Oviedo, en la Plaza de Riego, tan veneciana, con su calle que parece un canal, su trozo de muralla y su cueva del tesoro, la librería Ojanguren. Doy unos pasos y ya estoy en el campo de Santa María la Nueva, donde otra librería desparrama sus libros en el suelo y a un lado se alza la maravilla de Santa Maria dei Miracoli. Tuerzo luego a la derecha y camino por la calle 42, desde la Octava hasta la Quinta; el barullo colorista de Time Square me alegra el corazón porque me recuerda a las fiestas de mi pueblo, con sus tómbolas, su olor a churro y a vainilla y sus promesas de lo imposible, pero yo sigo adelante, hasta el Bryan Park, detrás de la biblioteca; allí me siento a hojear un libro, bajo el busto de Goethe, como hago siempre. Sigo caminando, pero la Quinta Avenida se ha transformado en la Calle Corrientes, con sus librerías de viejo, sus teatros y sus inmensos cafés. Calle abajo llego hasta el Sena, hasta el parque que hay frente a San Julián el Pobre, muy cerca de Shakespeare and Company. Para el café dudo entre el Greco o el Florian, pero acabo en el Gambrinus, en la plaza del Plebiscito; me siento en la terraza y adivino, allá al fondo, entre la bruma del día, al Vesubio. Camino luego por el Lungomare hasta el castillo del Ovo. Me meto por una de las calluelas con ropa tendida del barrio de Santa Lucía y acabo en el Cannaregio, cerca de la Madonna del Orto, donde entro para saludar a mi tintoretto favorito.A la salida, cruzo un puente, un oscuro sottoportego y aparezco en la calle Rivero, en Avilés, con sus soportales valetudianarios...
Pero el itininerario cambia cada noche: a veces transcurre por el Barrio Alto, en Lisboa, y por la Plaza de la República, en Coimbra, o por la calle Obispo, en La Habana, hasta la Plaza de Armas... Siempre sin salir de casa, porque mi casa está hecha de todos los lugares en que me encuentro a gusto”.