26 diciembre 2008

Sylvie (Gérard de Nerval)

Gracias a Bolaño y su decálogo del perfecto cuentista escuché por primera vez el nombre de Gérard de Nerval, uno de los grandes autores del Romanticismo francés. Nerval tiene una obra más bien escasa (poesía y narrativa) entre la que destaca Las hijas del fuego (1854), un conjunto de relatos donde cobra gran importancia el amor y los retratos femeninos. Uno de estos retratos es Sylvie, que ha sido publicado por la editorial Acantilado y traducido por Luis María Todó.

Sylvie tiene como tema principal una lucha de contrarios en lo que al sentimiento amoroso se refiere: la lucha típicamente romántica entre la realidad y la ilusión. El narrador-protagonista (que recuerda un poco al propio Nerval ya que como éste es un gran viajero y también fue criado por un tío en la campiña de Valois y más tarde enviado a París) conoce a Sylvie cuendo es un niño. Cree estar locamente enamorado de ella (y es correspondido), pero en una fiesta se cruza ante sus ojos la figura hermosa y casi espectral de Adrienne, una joven noble a la que solamente han dejado salir esa noche y que de inmediato es enviada a un convento. Todo el amor del protagonista se aleja de Sylvie, causándole gran dolor a la joven, y se focaliza en Adrienne, la mujer imposible, el espectro idealizado de un amor que jamás se consumará. Pasados los años, el protagonista busca una sustituta para esta ilusión. Sobre el escenario cree reconocer en Aurélie, una actriz, lo mismo que un día lo había enloquecido de Adrienne. Consigue que la actriz le haga caso y en un arranque de sinceridad le cuenta toda la historia y lo mucho que ella le recuerda a su amor de juventud, de modo que la actriz lo abandona porque se da cuenta de que no la quiere a ella, sino que a través de ella sigue amando una ilusión.

Entretanto, Sylvie va creciendo y convirtiéndose en una mujer cada vez más hermosa. El protagonista sigue frecuentándola, va a visitarla cada cierto tiempo, pero ya ha dejado escapar la oportunidad que una vez tuvo de ser feliz con ella y Sylvie, aunque lo quiere, ya no está enamorada.

Esta novela corta (dicen que es la obra cumbre de Nerval) está escrita haciendo un uso complejo de los tiempos verbales, de manera que todos los momentos del pasado son narrados en presente, en el mismo plano temporal, haciendo que todo confluya en un punto, como si memoria y escritura trajeran al “ahora” todo lo que se narra y el protagonista, más que rememorar, volviera a vivirlo de nuevo.

08 diciembre 2008

RELEYENDO: La vida ausente (Ángel Zapata)


Llegué a este libro de relatos, hace dos años, gracias a la reseña emocionada y vehemente que Miguel Ángel Muñoz hizo del cuento que da título a este libro: La vida ausente. El relato, uno de los que más me han marcado de cuantos leí hasta la fecha, está narrado en primera persona. El narrador-protagonista habla de un mundo que ya no existe, pero cuyos ecos aún suenan. Vive en uno de esos barrios de nueva construcción que aparecieron a las afueras de las grandes ciudades en la década de los setenta, poblados –como dice el narrador– por gentes que se soñaban burgueses. Un mundo en el que todo era de pega: el linóleo imitaba parqué, el friso de plástico imitaba madera… En una sala de estar reconvertida en dormitorio, cuya ventana da a un patio de luces, se fraguó este narrador-protagonista como escritor. Asistimos a sus lecturas, a sus intentos de hacer versos, a su estética de gafas, chaleco y fular, a sus tardes en una cafetería que tenía sabor a café centroeuropeo y donde se pasaba las horas leyendo y tomando té con leche. Asistimos, sobre todo, a la forja de un escritor y a la descripción descarnada de aquella época en la que España estaba despertando de un letargo de décadas y llamaba bienestar a una ceguera heredada de generaciones de ciudadanos que aspiraban al estómago lleno, el trabajo seguro y a un salón que se cerraba a cal y canto para mostrar solamente a las visitas.

La vida ausente (Páginas de Espuma, 2006) es un libro de relatos asombroso. Cada una de las piezas que lo forman es una joya de precisión, de profundidad narrativa, de personajes llenos de vida, de crítica social. La ironía está presente en cada página, al igual que lo están el miedo, el desencanto, el vacío y el absurdo de la existencia. Los narradores de estas historias rompen con todo lo esperado y se enfrenta a lo increíble, al sinsentido, desde una óptica del no-extrañamiento. Estos cuentos tienen sabor a Péret, a Bretón, a ese gran maestro del cuento que es Medardo Fraile. Se nota que Zapata es hijo de un bagaje amplio de lecturas surrealistas, lo cual puede verse en la mayoría de los cuentos de este volumen, como en el titulado Días de sol en Metrópolis, divertidísima crítica a la clase media con Superman de fondo, o Un día vendrá, donde un hijo hace que su padre imagine toda suerte de situaciones extrañas y le pregunta si se sentiría orgulloso de él en tal o cual circunstancia.
Se podría escribir una reseña inmensa, folios y folios comentando personajes, temática e influencias de cada uno de estos cuentos, pero realmente lo que quiero decir de La vida ausente es bien simple y se resume en pocas palabras: es un libro de relatos indispensable.