03 enero 2009

La última noche (James Salter)

Siempre me ha gustado la manera en la que James Salter muestra las relaciones humanas. Las rupturas, la muerte, todo es enfrentado de la manera menos trágica y más serena porque la propia tragedia no proviene tanto de las acciones de los personajes como de todo aquello que silencian en su interior. Es cierto que este volumen de relatos no es exactamente la obra maestra que tantos críticos han asegurado. En parte la culpa es del autor y en parte también del traductor, que comete errores y cacofonías imperdonables. Aun así, es recomendable su lectura por la delicadeza y la sensibilidad con la que nos muestra un mundo que se desmorona, una vida que se apaga, una traición que se descubre o las decenas de renuncias diarias que tienen que hacer los personajes para mantener estable su pequeño universo doméstico.

El primero de los relatos, Cometa, nos muestra el fracaso de una vida en común a través de los reproches que una pareja se hace en una fiesta, delante de sus amigos. Él escucha a su esposa y descubre lo erróneo de la vida que lleva y la culpabilidad por todo lo que una vez abandonó. Éste relato es uno de mis favoritos del libro, junto con Cuánta diversión, en el que una mujer que se está muriendo de cáncer está con sus amigas (a quienes no ha dicho nada de su estado) y escucha sus quejas, sus pequeños fracasos y, al mismo tiempo, se arrepiente de las cosas que no hizo y ya no tendrá tiempo a hacer. El relato termina de una forma un tanto precipitada, pero las conversaciones entre las amigas, expresadas con una naturalidad y un desenfado estupendos, suplen esta carencia final.

En mi opinión, el mejor relato del libro es Contigo, mi señor. En él, un matrimonio destruido va a la fiesta de unos amigos y allí conocen a un escritor borracho que se propasa con la esposa. Ella se siente atraída por él y se acerca días después hasta su casa, donde se encuentra con su perro, que la sigue y se instala en su propio jardín. Este perro se convierte en catalizador de todo lo que le va mal, en el recuerdo de un gran amor del pasado (y de ese gran amor que intuye que puede ser el poeta para ella) y en el sinsentido de su vida.

Me cansa un poco, tengo que reconocerlo, el fresco costumbrista de la clase media o media-alta norteamericana, las fiestas de amigos, el aburrimiento existencial, el sinsentido de todo. Quizás se deba a que, de unas décadas a esta parte, los cuentistas norteamericanos se centran casi exclusivamente en este grupo social (y racial, ya que en su mayoría suelen ser personajes blancos). A pesar de lo maravillosamente bien que algunos narran, me gustaría leerles, de vez en cuando, algo distinto. No es sólo Salter, es también Cheever y otros autores coetáneos a ellos los que repiten una y otra vez esquemas, arquetipos y situaciones que aunque bien narradas, terminan por cansar un poco.

1 comentarios:

marisa dijo...

Bueno, pues a leer tocan.A ver si SSMM traen muchos libros...
Un abrazo enorme