17 febrero 2009

Nosotros, todos nosotros (Víctor García Antón)

Para el lector enamorado de lo que lee, existe una suerte de felicidad en cada página por la que pasea la mirada que es difícil de explicar. Si hace poco hablaba de La soledad de los ventrílocuos de Matías Candeira, ese gran libro de relatos, hoy tengo que hablar de otro que me ha producido una sensación similar: Nosotros, todos nosotros de Víctor García Antón.

Hace mucho que tenía que haber hablado de este libro porque hace mucho que lo leí, pero la verdad es que he estado dando vueltas a la mayor parte de los diez cuentos que lo forman hasta ahora.

Sobra decir que está bien escrito, porque este autor es concienzudo y perfeccionista. Son cuentos que habla de las relaciones, de la libertad, de los deseos. Como parece decir en su cuento Cinco estaciones, las máquinas hacen cosas esperables porque están programadas para ello, mientras funcionan las tenemos con nosotros y cuando ya no sirven, las cambiamos por otras, sin traumas ni sentimiento de pérdida. Las relaciones humanas, en cambio, no son así: no tenemos el manual de instrucciones del otro y no reacciona siempre de la manera esperada, cuando ponemos punto y final siempre hay alguien que no sale ileso. Aunque quizás (parece querer decirnos el autor en El método Chomsky) existe un modo de aprender a sobrellevar lo que no soportamos del otro, claudicar, adaptarse, y consiste en estar en una cafetería frente a frente, tomando un batido sin cruzar ni una palabra. Tal vez todas esas parejas que vemos en los bares y que nos espantan porque parecen no tener nada que decirse ya –“yo no quiero ser nunca como ésos”, nos decimos– estén haciendo una terapia para poder soportarse mejor, para sobrellevar la vida.

Si tuviera que elegir un relato del libro, me quedaría con Un tigre de Bengala, porque nos pone frente a aquello que deseamos, frente a cómo nos imaginamos que es eso que queremos, y cómo podemos llegar a reaccionar si las cosas no son como esperábamos, cuando se nos caen los mitos (“… porque se me ha hecho imperdonable, un desamparo excesivo de la vida, que alguien que ha llegado a rugir de manera tan sublime, tenga, a estas alturas, tanto miedo”).

3 comentarios:

María dijo...

Lo tengo en la mesita de noche, esperando a que termine con esa maravilla llamada La soledad de los ventrílocuos.
Un beso.

Olga B. dijo...

Me has despertado la curiosidad. Tengo ganas de relatos... y como tú nos tienes a pan y agua.-)
Saludos, Marta.

txe dijo...

mmm me lo apunto...

aquella interview?