22 febrero 2009

Los demonios del lugar (Ángel Olgoso)

Los relatos que forman Los demonios del lugar dejan un escalofrío recorriéndonos la espalda después del punto y final. Cada una de ellos profundiza en los mecanismos de los miedos universales, no del miedo individual de un protagonista concreto, sino de miedos que están enraizados en todos nosotros y que salen a la luz en estas historias sobrecogedoras. Las influencias son muy variadas: Mujeres desnudas bajo impermeables mojados recuerda, por ejemplo, a un relato de Cortázar titulado El río, pero también se nota la estela de Henry James, Poe, Maupassant, Lovecraft, Ambrose Bierce, Machen e incluso de la literatura de terror japonesa. Olgoso hace un homenaje a los grandes maestros del terror, utilizando para ello una prosa rica y trabajada y unas historias que nos despiertan cierto malestar corporal y un enorme placer lector.

Aunque todos los relatos tienen como hilo conductor el miedo, soy muy diferentes entre sí, desde la influencia japonesa a la victoriana, pasando por la temática de los sueños y la guerra, cada relato tiene sus características particulares. En su mayoría son muy breves, aunque también hay alguno más extenso. Ha habido dos que me gustaron especialmente: Relámpagos, que muestra ese segundo que es la vida, una concatenación de acontecimientos que casi de forma circular unen nacimiento y muerte y Extremidades, un relato en el que el narrador – protagonista se enfrenta a la extrañeza de contemplar la pierna –como una presencia maligna– que le fue amputada cuando no era más que un bebé. Realmente podría nombrar otros muchos que me parecen maravillosos (Ignición, Flores atroces, Idolatría…), pero en realidad todos y cada uno de los relatos me gustaron y la mayoría de ellos me parecen verdaderas obras de arte.


Puedes leer algunos relatos de Los demonios del lugar aquí:
http://www.aviondepapel.com/aviadores/avangelolgosocuent.html

Entrevistas a Ángel Olgoso en:
Avión de papel
Literaturas.com

19 febrero 2009

Entrevista: Sergio C. Fanjul



Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) acaba de ganar el Premio Asturias Joven de Poesía 2008 con su libro Otros demonios editado por KRK. Ha colaborado en revistas literarias como Fábula, La Bolsa de Pipas, Oniria, La Bella Varsovia, Lata de Zinc, El Invisible Anillo, El Elefante Rosa, Hesperya y Caldodecultivo. Es licenciado en Astrofísica por la Universidad Complutense y ha obtenido el Máster de Periodismo de El País/ UAM.




1. El poema que abre el libro nombra a Rimbaud, Verlaine, Debord, Johnny Rotten y a Sid Vicious y la pobre Nancy. Una mezcla de punk y Mayo del 68, en ambos casos parece que haces alusión a la rebeldía, a ir contra lo establecido y sobrepasar las normas y los límites. Este poema parece, en realidad, un manifiesto, como si dijeras: “Eso quería, ser como ellos, y esto soy, lo que queda de todo aquello”.

Todo el mundo ve ese primer poema como un manifiesto, aunque no era la intención. Poca veces tengo la intención de algo al escribir un poema, es más bien como si alguien me lo dictase y yo fuera un mero pelele en sus manos. Pero, en fin, supongo que se refiere a ese aburguesamiento natural que todos negamos que vaya a suceder cuando somos tan jóvenes y que, inevitablemente, acaba ocurriendo. Algo así como la calvicie, el ganar peso o, sin más lejos, la muerte. Yo de más joven –que todavía lo soy por unos años- era muy punkie, muy combativo, aburría a mis amigos con discursos políticos en las tabernas, tenía el pelo de colores y, a veces, no comía carne. Era un anarquista total. Ahora me gustaría muchísimo serlo, o seguir siéndolo, pero ya no me sale. Como dices, también les pasó a casi todos ellos. La realidad acaba siendo más fuerte que el deseo.


2. Uno de los temas que planea por la mayoría de tus versos es el del deseo. Un deseo descarnado, brutal a veces, tierno otras, en ocasiones triste. No es la primera vez que te digo que algunos de tus versos me recuerdan a los cuentos de Jon Bilbao. Son versos de sudor y gemidos, muy vívidos, pero también muestran esa sensación de pérdida que hay detrás de cada caricia, el instante que se fuga.

Todavía tengo en la cola de espera el libro de Jon Bilbao, que mucha gente me recomienda, y al que, por cierto, conocí hace unos meses. Respecto al deseo, o como quieras llamarlo, yo lo veo así: a veces brutal, a veces tierno, a veces triste o, simplemente, absurdo. Lo que es meridianamente claro es que el deseo hace sufrir, como dicen los budistas. Por eso yo también querría ser budista, como anarquista, y desapegarme de los deseos. Pero tampoco me sale. Lástima.


3. Otro de los temas de estos versos es el malestar, la imposibilidad de alcanzar la calma, la sensación de vacío y vértigo en medio de una ciudad desolada. Parece que todo ellos confluye en el poema en el que aseguras que nunca más saldrás a la calle, te quedarás en tu barrio, en tu casa, en tu cuarto.

Me gusta estar en la cama, es como si me atrapase, me cuesta mucho vencer a las sábanas. Adoro ese estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, donde todo es posible y placentero. Duermo, a veces, por puro vicio. Fuera es todo más desagradable, todo son retos, cada día está lleno de metas que cumplir, sobre todo con resaca, que creo que fue el estado en el que escribí el poema que citas. Antes tenía, además, mucha ansiedad, y, cuando todo iba perfecto, no se me ocurría otra cosa que pensar en cosas ultrachungas, como la muerte o la enfermedad. Los programas de marujeo que emiten por las tardes me entristecían mucho, y no es broma, me daban bajón anímico. El Diario de Patricia, España Directo, todo esa mierda, me dejaba melancólico, todavía no se por qué. Creo que las tardes en general son muy tristes. Ahora ya no veo esos programas, porque trabajo a esas horas. Excelente.

4. Quizás el miedo es el tema que más me ha llamado la atención de estos versos. Un miedo que va creciendo poema a poema. ¿Cuál es el origen de ese miedo que se va ramificando y alcanza casi cada verso?

Sí, yo ando siempre acojonao. No tengo miedo a las cosas a las que la gente suele tener miedo, como la oscuridad, las arañas, los ascensores o a las suegras, sino a la vida en general. Soy bastante ansioso e hipocondríaco, aunque de puertas para dentro. Casi nadie lo nota. Porque, como dicen, el valiente no es el que no tiene miedo, sino el que lo enfrenta. Y yo suelo enfrentarlo y luego quejarme en los poemas, que para eso están. Su origen, lo desconozco. Haber nacido, supongo.

5. En estos versos, ”a qué nos referimos/ cuando decimos realidad/ o decimos vida”, haces alusión a otra de tus constantes en este libro: las apariencias, lo que otros dicen que es la vida y lo que nosotros creemos que es, los engaños “que aceptamos/ de buen grado”.

Este es un problema epistemológico de la leche. ¿Existe la realidad? ¿La objetividad? ¿Te ves tú como te ven los demás? ¿Es posible expresarse con precisión? ¿Te entiende alguien? ¿Ves el cielo azul como yo, o los ves rojo pero llamas azul al rojo? Qué agobio. No está nada claro que exista una realidad intersubjetiva, al menos fuera del ámbito de la ciencia. En el extremo, el solipsismo: creer que sólo existes tú y que todo lo demás son fantasías de tu cabeza, o estímulos que un científico loco te hace experimentar mientras yaces maniatado en un laboratorio alucinando que vives. Como en Matrix (aunque no me guste citar esa peli).

6. También miras hacia atrás, hacia la infancia, es un recuerdo doloroso, tu padre volviendo una y otra vez a la memoria. Se nota nostalgia, a pesar del dolor y la dureza de los versos, en tus palabras.

Mi padre se separó de mi mamá cuando yo tenía 3 años, ahondó en su alcoholismo y finalmente murió al tener yo 14. Eso supuso tres sufrimientos en raya que hicieron de mi infancia un lugar demasiado lúgubre. Comencé a disfrutar de la vida en la adolescencia. No tengo nostalgia. Lo que sí tengo es interés en saber cómo todo aquello me condicionó psicológicamente, cómo era mi padre visto desde los ojos de un adulto, y cómo sería mi padre ahora de haber sido las cosas de otra manera. También cómo sería yo de haber tenido una infancia normal. Por otro lado, esas dificultades en la infancia también se agradecen. Te hacen crecer con los ojos más abiertos y con una sensibilidad diferente. En una familia al uso tal vez no hubiera escrito un libro de poemas.


7. Además de poesía, también escribes relato y microrrelato.

Más bien al revés: además de relato y microrrelato escribo poesía. Yo siempre he escrito narrativa y quería ser relatista –espero serlo algún día-, pero en mis “ratos libres literarios” y debido a la invitación a participar en un libro de poesía que coordinaba Jose Luis García Martín, me puse a escribir poemas. Y al cabo de un año gané el premio y salió el libro, que nunca fue pensado como libro sino como divertimento, pero que, abracadabra, acabó publicado. Lo celebro.

8. ¿Qué poetas –qué escritores en general– te han marcado como lector y como escritor?

Soy más de libros concretos que de autores. Pero vamos allá. Seamos tópicos: los primeros que me impactaron fueron Borges y Cortázar, como a todo el mundo. Me gustan Marías, Fernández Mallo, Sebald, Baricco, Chirbes, Carver, Kundera... En fin, de todo, dicen que tengo un gusto tan ecléctico que enumerar los autores que me gustan es como no decir nada. En poesía: la Pizarnick, Olga Orozo, los del 50: Claudio Rodríguez, Ángel González, Gil de Biedma, Valente. También Cernuda. Muchos de ahora: Fernández Mallo otra vez, Jose Luis Piquero, Vicente Luis Mora, Jose Daniel García, Eusebio Lahoz, Elena Medel, Roger Wolfe, Fernando Beltrán, que me influenció mucho y que es paisano mio. Pablo García Casado me parece un tío muy raro y muy genial. En fin, hay tantos libros alucinantes, es tan ancho este mar que citar sólo unas gotas me deja inquieto.

9. ¿Qué libros que hayas leído últimamente te han llamado la atención?

Por lo general me llaman más la atención los libros que aún no he leído y que quiero leer. Luego dejan de interesarme tanto. Pero mencionaré alguno que haya gustado: Crematorio de Rafael Chirbes, Equivocado sobre Japón de Peter Carey y Pasar el invierno de Olivier Adam. Siempre recomiendo El palacio azul de los ingenieros belgas, de Fulgencio Argüelles, en Acantilado, porque es un libro muy muy hermoso y muy poco conocido, para su calidad. Más que ficción, últimamente leo mucho ensayo de ciencia, sociología y filosofía, pero no me voy a extender. Recomiendo también el diario El País enterito y todos los días, le tengo especial cariño a la columna de Enric González.

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17 febrero 2009

Nosotros, todos nosotros (Víctor García Antón)

Para el lector enamorado de lo que lee, existe una suerte de felicidad en cada página por la que pasea la mirada que es difícil de explicar. Si hace poco hablaba de La soledad de los ventrílocuos de Matías Candeira, ese gran libro de relatos, hoy tengo que hablar de otro que me ha producido una sensación similar: Nosotros, todos nosotros de Víctor García Antón.

Hace mucho que tenía que haber hablado de este libro porque hace mucho que lo leí, pero la verdad es que he estado dando vueltas a la mayor parte de los diez cuentos que lo forman hasta ahora.

Sobra decir que está bien escrito, porque este autor es concienzudo y perfeccionista. Son cuentos que habla de las relaciones, de la libertad, de los deseos. Como parece decir en su cuento Cinco estaciones, las máquinas hacen cosas esperables porque están programadas para ello, mientras funcionan las tenemos con nosotros y cuando ya no sirven, las cambiamos por otras, sin traumas ni sentimiento de pérdida. Las relaciones humanas, en cambio, no son así: no tenemos el manual de instrucciones del otro y no reacciona siempre de la manera esperada, cuando ponemos punto y final siempre hay alguien que no sale ileso. Aunque quizás (parece querer decirnos el autor en El método Chomsky) existe un modo de aprender a sobrellevar lo que no soportamos del otro, claudicar, adaptarse, y consiste en estar en una cafetería frente a frente, tomando un batido sin cruzar ni una palabra. Tal vez todas esas parejas que vemos en los bares y que nos espantan porque parecen no tener nada que decirse ya –“yo no quiero ser nunca como ésos”, nos decimos– estén haciendo una terapia para poder soportarse mejor, para sobrellevar la vida.

Si tuviera que elegir un relato del libro, me quedaría con Un tigre de Bengala, porque nos pone frente a aquello que deseamos, frente a cómo nos imaginamos que es eso que queremos, y cómo podemos llegar a reaccionar si las cosas no son como esperábamos, cuando se nos caen los mitos (“… porque se me ha hecho imperdonable, un desamparo excesivo de la vida, que alguien que ha llegado a rugir de manera tan sublime, tenga, a estas alturas, tanto miedo”).

10 febrero 2009

La soledad de los ventrílocuos (Matías Candeira)

La soledad de los ventrílocuos es un fantástico libro de relatos, de esos que conviene disfrutar leyéndolo con calma. Yo lo leí en medio de un temporal de nieve que tuvo Asturias medio incomunicada. Me encerré en casa con la calefacción a tope, echada en el sofá y tapada con una manta hasta las cejas y asistí al desfile de neveras que se mueren, de ciudades bombardeadas por el enemigo con toneladas de flores, de un cazador/marioneta que se deshace de sus cuerdas y sale a la selva deseando que haya leones agazapados esperándole, una mujer que tiene un enorme agujero al lado del ombligo que le canta boleros y todo un largo etcétera de personajes y situaciones que –sí, señor– nos hacen pensar. Esa es una de las cosas que más me interesan de los relatos de Matías Candeira.

Me han gustado todos los relatos sin excepción. Destacaré, por ejemplo, Cuando se muere la nevera, que abre el libro. En él, la nevera es más que un objeto, es el centro de la vida familiar y cuando muere, el matrimonio y sus dos hijos la despiden con todos los honores. Es un relato lleno de poesía, de pequeñas grandes metáforas, de imágenes preciosas como la de los escarabajos, al final. Como en todos los relatos del autor, hay mucha más historia detrás. Uno piensa, al leerlo, en los apegos, en el desconcierto ante las pérdidas, en la familia y sus engranajes.

Al final de Sara es uno de los mejores cuentos del libro, en mi opinión. Un hombre se enfrenta al hecho insólito de que su mujer tenga un agujero al lado del ombligo que le canta boleros. Se trata, en realidad, de un relato sobre la cuerda floja de las relaciones, el instante en el que comenzamos a darnos cuenta de que ya no llegamos a la persona amada, que algo invisible nos separa, que no la comprendemos y, por lo tanto, la vemos como un ser indescifrable con infinitos mundos interiores a los que ya no tenemos acceso.

Un trozo de otra mujer es un relato precioso. Me recuerda en cierto sentido (meramente anecdótico) a La princesa manca de Gustavo Martín Garzo. Un forense que ha perdido a la mujer amada descubre en un cadáver una mano hermosísima. No puede evitarlo: la corta, se la lleva a casa y comienza la convivencia con ella. Lo mejor de este relato es su lirismo, el modo en el que se describe la relación del protagonista con la mano, lo visual que resultan estas descripciones, hasta el punto de que la imaginamos moviéndose por la casa, correteando por los pasillos con los dedos o escondida en el bolsillo de la chaqueta.

Estos son sólo algunos, por no hablar de todos, pero cada relato del libro es una pequeña joya que merecería un comentario a fondo. La fuerza de Matías Candeira radica en saber elegir muy bien las voces de sus narradores, en contar historias llenas de elementos sorpresivos que son en realidad símbolos que nos hablan del mundo, de la gente, y en tener unos finales estupendos, redondos.

09 febrero 2009

Avisos de derrota (Óscar Sipán)

Los diez cuentos que forman este libro, de extensión muy variable, son realmente avisos de derrota o derrotas propiamente dichas. La temática fundamental son las relaciones humanas, en particular las amorosas.

Sipán tiene una manera muy sabia de mostrar el desamor, las rupturas, los momentos anteriores o inmediatamente posteriores a ese cataclismo que nos parte en dos y nos obliga a buscar, con la ansiedad de un drogadicto, algo que nos entretenga el dolor y nos anime a engancharnos otra vez a la vida. Es hermosa su manera de narrar este tipo de situaciones. De hecho, creo que son las situaciones primordiales de la mayoría de estos relatos, una ruptura (o la amenaza de la misma) empuja al protagonista a hacer lo que se narra en el relato, desde una película en Los Monegros hasta la búsqueda de la tumba de un autor americano que está enterrado en un pueblecito de Alicante.

Por cosas como ésta que copio a continuación (por la sabiduría con la que está contada, por la herida abierta y por la honestidad narrativa) merece la pena leer Avisos de derrota:


"En los últimos tiempos lindábamos con la indiferencia. Nosotros, que en las discusiones nos comportábamos como enemigos encarnizados, sin escatimar insultos ni golpes bajos, que conocíamos el sabor de la sangre fresca, que no ignorábamos lo que era tener la piel del otro bajo las uñas y arrastrarnos todo el día como sombras desterradas, avergonzados, enfermos de esa bacteria que se alimenta de silencios, limpiando la casa sin mirarnos, sin poder recuperar la ternura evaporada. Nosotros, que horas más tarde administrábamos por vía oral y sexual el contraveneno, deshaciendo la cama y el nudo en el estómago, pidiendo perdón con los cuerpos, reconciliándonos. Sólo los psicópatas y las parejas pueden infligir tanto dolor".
(El dios de las camareras)
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