
1. El poema que abre el libro nombra a Rimbaud, Verlaine, Debord, Johnny Rotten y a Sid Vicious y la pobre Nancy. Una mezcla de punk y Mayo del 68, en ambos casos parece que haces alusión a la rebeldía, a ir contra lo establecido y sobrepasar las normas y los límites. Este poema parece, en realidad, un manifiesto, como si dijeras: “Eso quería, ser como ellos, y esto soy, lo que queda de todo aquello”.
Todo el mundo ve ese primer poema como un manifiesto, aunque no era la intención. Poca veces tengo la intención de algo al escribir un poema, es más bien como si alguien me lo dictase y yo fuera un mero pelele en sus manos. Pero, en fin, supongo que se refiere a ese aburguesamiento natural que todos negamos que vaya a suceder cuando somos tan jóvenes y que, inevitablemente, acaba ocurriendo. Algo así como la calvicie, el ganar peso o, sin más lejos, la muerte. Yo de más joven –que todavía lo soy por unos años- era muy punkie, muy combativo, aburría a mis amigos con discursos políticos en las tabernas, tenía el pelo de colores y, a veces, no comía carne. Era un anarquista total. Ahora me gustaría muchísimo serlo, o seguir siéndolo, pero ya no me sale. Como dices, también les pasó a casi todos ellos. La realidad acaba siendo más fuerte que el deseo.
2. Uno de los temas que planea por la mayoría de tus versos es el del deseo. Un deseo descarnado, brutal a veces, tierno otras, en ocasiones triste. No es la primera vez que te digo que algunos de tus versos me recuerdan a los cuentos de Jon Bilbao. Son versos de sudor y gemidos, muy vívidos, pero también muestran esa sensación de pérdida que hay detrás de cada caricia, el instante que se fuga.
Todavía tengo en la cola de espera el libro de Jon Bilbao, que mucha gente me recomienda, y al que, por cierto, conocí hace unos meses. Respecto al deseo, o como quieras llamarlo, yo lo veo así: a veces brutal, a veces tierno, a veces triste o, simplemente, absurdo. Lo que es meridianamente claro es que el deseo hace sufrir, como dicen los budistas. Por eso yo también querría ser budista, como anarquista, y desapegarme de los deseos. Pero tampoco me sale. Lástima.
3. Otro de los temas de estos versos es el malestar, la imposibilidad de alcanzar la calma, la sensación de vacío y vértigo en medio de una ciudad desolada. Parece que todo ellos confluye en el poema en el que aseguras que nunca más saldrás a la calle, te quedarás en tu barrio, en tu casa, en tu cuarto.
Me gusta estar en la cama, es como si me atrapase, me cuesta mucho vencer a las sábanas. Adoro ese estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, donde todo es posible y placentero. Duermo, a veces, por puro vicio. Fuera es todo más desagradable, todo son retos, cada día está lleno de metas que cumplir, sobre todo con resaca, que creo que fue el estado en el que escribí el poema que citas. Antes tenía, además, mucha ansiedad, y, cuando todo iba perfecto, no se me ocurría otra cosa que pensar en cosas ultrachungas, como la muerte o la enfermedad. Los programas de marujeo que emiten por las tardes me entristecían mucho, y no es broma, me daban bajón anímico. El Diario de Patricia, España Directo, todo esa mierda, me dejaba melancólico, todavía no se por qué. Creo que las tardes en general son muy tristes. Ahora ya no veo esos programas, porque trabajo a esas horas. Excelente.
4. Quizás el miedo es el tema que más me ha llamado la atención de estos versos. Un miedo que va creciendo poema a poema. ¿Cuál es el origen de ese miedo que se va ramificando y alcanza casi cada verso?
Sí, yo ando siempre acojonao. No tengo miedo a las cosas a las que la gente suele tener miedo, como la oscuridad, las arañas, los ascensores o a las suegras, sino a la vida en general. Soy bastante ansioso e hipocondríaco, aunque de puertas para dentro. Casi nadie lo nota. Porque, como dicen, el valiente no es el que no tiene miedo, sino el que lo enfrenta. Y yo suelo enfrentarlo y luego quejarme en los poemas, que para eso están. Su origen, lo desconozco. Haber nacido, supongo.
5. En estos versos, ”a qué nos referimos/ cuando decimos realidad/ o decimos vida”, haces alusión a otra de tus constantes en este libro: las apariencias, lo que otros dicen que es la vida y lo que nosotros creemos que es, los engaños “que aceptamos/ de buen grado”.
Este es un problema epistemológico de la leche. ¿Existe la realidad? ¿La objetividad? ¿Te ves tú como te ven los demás? ¿Es posible expresarse con precisión? ¿Te entiende alguien? ¿Ves el cielo azul como yo, o los ves rojo pero llamas azul al rojo? Qué agobio. No está nada claro que exista una realidad intersubjetiva, al menos fuera del ámbito de la ciencia. En el extremo, el solipsismo: creer que sólo existes tú y que todo lo demás son fantasías de tu cabeza, o estímulos que un científico loco te hace experimentar mientras yaces maniatado en un laboratorio alucinando que vives. Como en Matrix (aunque no me guste citar esa peli).
6. También miras hacia atrás, hacia la infancia, es un recuerdo doloroso, tu padre volviendo una y otra vez a la memoria. Se nota nostalgia, a pesar del dolor y la dureza de los versos, en tus palabras.
Mi padre se separó de mi mamá cuando yo tenía 3 años, ahondó en su alcoholismo y finalmente murió al tener yo 14. Eso supuso tres sufrimientos en raya que hicieron de mi infancia un lugar demasiado lúgubre. Comencé a disfrutar de la vida en la adolescencia. No tengo nostalgia. Lo que sí tengo es interés en saber cómo todo aquello me condicionó psicológicamente, cómo era mi padre visto desde los ojos de un adulto, y cómo sería mi padre ahora de haber sido las cosas de otra manera. También cómo sería yo de haber tenido una infancia normal. Por otro lado, esas dificultades en la infancia también se agradecen. Te hacen crecer con los ojos más abiertos y con una sensibilidad diferente. En una familia al uso tal vez no hubiera escrito un libro de poemas.
7. Además de poesía, también escribes relato y microrrelato.
Más bien al revés: además de relato y microrrelato escribo poesía. Yo siempre he escrito narrativa y quería ser relatista –espero serlo algún día-, pero en mis “ratos libres literarios” y debido a la invitación a participar en un libro de poesía que coordinaba Jose Luis García Martín, me puse a escribir poemas. Y al cabo de un año gané el premio y salió el libro, que nunca fue pensado como libro sino como divertimento, pero que, abracadabra, acabó publicado. Lo celebro.
8. ¿Qué poetas –qué escritores en general– te han marcado como lector y como escritor?
Soy más de libros concretos que de autores. Pero vamos allá. Seamos tópicos: los primeros que me impactaron fueron Borges y Cortázar, como a todo el mundo. Me gustan Marías, Fernández Mallo, Sebald, Baricco, Chirbes, Carver, Kundera... En fin, de todo, dicen que tengo un gusto tan ecléctico que enumerar los autores que me gustan es como no decir nada. En poesía: la Pizarnick, Olga Orozo, los del 50: Claudio Rodríguez, Ángel González, Gil de Biedma, Valente. También Cernuda. Muchos de ahora: Fernández Mallo otra vez, Jose Luis Piquero, Vicente Luis Mora, Jose Daniel García, Eusebio Lahoz, Elena Medel, Roger Wolfe, Fernando Beltrán, que me influenció mucho y que es paisano mio. Pablo García Casado me parece un tío muy raro y muy genial. En fin, hay tantos libros alucinantes, es tan ancho este mar que citar sólo unas gotas me deja inquieto.
9. ¿Qué libros que hayas leído últimamente te han llamado la atención?
Por lo general me llaman más la atención los libros que aún no he leído y que quiero leer. Luego dejan de interesarme tanto. Pero mencionaré alguno que haya gustado: Crematorio de Rafael Chirbes, Equivocado sobre Japón de Peter Carey y Pasar el invierno de Olivier Adam. Siempre recomiendo El palacio azul de los ingenieros belgas, de Fulgencio Argüelles, en Acantilado, porque es un libro muy muy hermoso y muy poco conocido, para su calidad. Más que ficción, últimamente leo mucho ensayo de ciencia, sociología y filosofía, pero no me voy a extender. Recomiendo también el diario El País enterito y todos los días, le tengo especial cariño a la columna de Enric González.
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