20 mayo 2009

¿Kafka sobrevalorado?

De un tiempo a esta parte, parece haberse puesto de moda menospreciar la obra de Kafka. La primera vez que me percaté de ello fue a raíz de una iniciativa de Juan Carlos Márquez en su blog: pedía a sus lectores que le dijésemos cuál era nuestro inicio de relato o novela favorito. Yo elegí el de La metamorfosis y otro comentarista dijo taxativamente que Kafka estaba muy sobrevalorado. Un tiempo después, en aviondepapel.tv, aparecía un video en el que Eduardo Mendoza aseguraba algo de este calibre: “Kafka era un mal escritor y él lo sabía”, o: “No tenía sentido de la narración”, porque una novela se puede finalizar diciendo que alguien se ha transformado en un insecto, pero no se puede comenzar así, pues el lector no estaría interesado en seguir leyendo algo que ya sabe cómo termina. Esto es, para el señor Mendoza el hecho parece ser lo único que cuenta en una narración, cómo asume ese hecho el personaje y quienes le rodean carece de importancia, el desarrollo psicológico de esos personajes es un mero atrezzo y la dimensión del propio hecho, calderilla.

Llevo ocho años estudiando a Kafka. Con esto no quiero decir que sepa mucho de él. No sé ni mucho ni poco. Sé lo que sé, pero tengo el suficiente amor y respeto por su obra como para cabrearme cuando se ningunea de un modo tan superficial y sin fundamente una obra de semejantes características.

Lo primero que me gustaría decir de Kafka es que creo que estaba obsesionado con la dimensión más denotativa del lenguaje (lo cual no quiere decir que “el todo", "el conjunto”, de cada una de sus obras no tenga también una dimensión metafórica). He creído descubrir muchas veces en sus relatos (que me fascinan) y también en sus novelas una cierta amargura ante el convencimiento de que el lenguaje no sirve para expresar nada. En ocasiones (el Kafka más optimista, el que muestra un cierto humor irónico), esa afirmación se transforma en una duda: ¿sirven las palabras para designar lo que supuestamente designan? Esto queda muy claro en El castillo. Recibe ese nombre un grupo de edificaciones que más bien parecen un pueblo, de modo que K reflexiona sobre esto y dice (cito de memoria) que de no saber que se le denomina “castillo”, él lo hubiese llamado de cualquier otra manera, por ejemplo, “aldea”. Ahí está la eterna pregunta de Kafka con respecto al lenguaje: las palabras con las que designamos los objetos, los sentimientos, a las personas, ¿dicen algo de eso que nombran? Estaba tan obsesionado con la dimensión del lenguaje en estado puro y su poder para generar emociones e imágenes que la inmensa mayoría de sus cartas a mujeres, especialmente las dirigidas a Milena Jesenská y a Felice Bauer, son auténticos experimentos sobre la capacidad del lenguaje para conmover, para despertar sentimientos en quien lee esas cartas.

Eso sí: Kafka no es un esteta. Si leemos todas sus obras, encontraremos apenas un puñado de metáforas, imágenes o párrafos escritos buscando conscientemente la belleza. Kafka usaba el lenguaje no para “hermosear” una narración, sino para sustentar un idea, una obsesión o un temor de los muchos que habitan en sus obras.

Con Kafka se supera la narrativa del s. XIX. El lector ya no va poco a poco sufriendo la tensión que le lleva de la mano hacia un clímax final. Con Kafka el clímax te sacude en el primer párrafo y a partir de ahí construye su historia sin que esa tensión inicial decaiga ni un ápice. No sólo inaugura la narrativa moderna, sino que además abre puertas a la literatura fantástica: fueron muchos los lectores primeros de Kafka que esperaron a lo largo de toda La metamorfosis una respuesta al hecho de que Gregor Samsa se hubiese transformado en un insecto y muchos de ellos se asombraron de que dicha respuesta no les fuera dada. Pero eso no importaba, como tampoco importaba dar el nombre exacto de aquello en lo que Samsa se había transformado (aunque hoy en día la idea más generalizada es que se tratase de una cucaracha). Es muy habitual en Kafka el uso, por decirlo así, de términos genéricos (insecto, castillo…), imagino que le interesaba más la imagen que se formaba en la mente del lector cuando leía la palabra que el hecho de describir con pelos y señales la especie o subespecie de insecto o de edificación a la que se refería. Si digo insecto, ¿qué te viene a la cabeza? ¿Y si digo castillo?

Kafka no ocupa un lugar destacado en la Literatura con mayúsculas porque sea atractivo y salga bien en las fotos o porque sepamos que su vida ha sido un constante sufrimiento (tal y como afirma Eduardo Mendoza). Está en un lugar destacado porque consiguió hacer de sus obsesiones las nuestras, porque innovó y porque, aunque Mendoza lo niegue, sí tiene sentido de la narración.
Al contrario de lo que muchos afirman, una novela no “debe” comenzarse de tal o cual manera, ni “debe” tratar este o el otro tema. Una narración, del tipo que sea, puede tratar el tema que le dé la gana y comenzar como le dé la gana, porque si el autor sabe lo que hace, el resultado final será una gran obra. ¿Habrá cosa más insulsa, a priori, que la historia de un buen chico que mata a una mala persona o la de una mujer aburrida, angustiada, carente de amor o vacía que tiene un amante o la de otra mujer que azuza a su marido para que éste asesine a alguien y se apodere de cuanto posee? La diferencia es que un mal escritor habría escrito basura, pero Shakespeare, Tolstoi, Flaubert, Galdós y Dostoievski hicieron obras inmensas con estos temas. Y Kafka también.