30 agosto 2009

Pregúntale al polvo (John Fante)


Todo empezó cuando leí en alguna parte que Picasso –que me obsesionaba desde que era una cría y vi el Guernica en el Casón del Buen Retiro, allá por los 80– destruía a todas las mujeres que lo amaban. A todo el mundo que lo amaba. No sé por qué asocié la creatividad con la crueldad, por qué elegí precisamente ese rasgo de Picasso y lo envolví con los ropajes de lo que para mí era “lo artístico”. Tampoco sé exactamente cuál es el motivo que me llevó a asociar el arte con la miseria, con el malvivir. Ser escritor consistía en mucho más que dedicar horas a escribir y a leer. Consistía, sobre todo, en pasar las mayores necesidades, desesperarse, vivir en un cuartucho mugriento, húmedo y frío, sentirse solo e incomprendido, sentir una incapacidad casi física para comunicarse con los demás. Ser escritor, en definitiva, suponía ser casi un indigente, un indigente autodestructivo, orgulloso de sí mismo y cruel con los demás. Yo no tendría más de doce o trece años cuando creía que así tenía que ser la vida de un escritor y ese fue el parámetro que seguí en mis primeras lecturas “adultas”. Y también estaban los suicidas, otro grupo que me fascinaba.

Desde la distancia, pienso que me hubiese encantado leer en mi adolescencia a John Fante. Hubiese venerado a John Fante de haberlo leído entonces porque tanto él como su protagonista en esta novela, Arturo Bandini, son el prototipo de lo que yo consideraba un artista, siempre sin dinero, durmiendo, bebiendo y comiendo en lugares mugrientos, destilando crueldad con las personas que más le atraen, hundido en una relación de amor-odio consentida por una parteniere con una visión del amor y de las relaciones tan retorcida como la del propio protagonista.

Hoy mis gustos han cambiado mucho, ya no sigo la senda de Fante ni de Bukowski, pero la dureza de esta novela me resulta escalofriante y veo en Bandini a un personaje por el que siento lástima y desprecio a partes iguales, dependiendo del momento.

Tan interesante o más que la propia novela me parece el prólogo de Bukowski. Comienza diciendo: “Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor”. Nunca tan pocas palabras para resumir una vida dijeron para mí tanto.

24 agosto 2009

Rebecca (Daphne du Maurier)


De los libros que se leen en la adolescencia termina quedándonos, más que el argumento o la maestría del autor, las sensaciones que nos provocaron. Leí Rebecca, al igual que Cumbres Borrascosas, unas Navidades que pasé (como todas las Navidades de mi vida) en el pueblo de mis abuelos, montaña arriba, nevando. Recuerdo que no podía parar de leerlo, que me sedujo de tal manera la historia, el misterio que encierra, que me enganché a la lectura, no sólo de ese libro en concreto, sino a la lectura en general. Hay libros que ganan lectores para toda la vida y Rebecca es uno de ellos. No creo que tuviera más de doce o trece años cuando lo leí.

Lo releí esta semana y volvió a pasarme lo mismo. Poco importa que ya sepa lo que ocurre en la novela y que haya visto la película de Hitchcock más de diez veces, en cuanto abrí la primera página volví a sentir la magia de la primera vez, acompañé de nuevo a la protagonista por Montecarlo y por Manderley, de la compañía de la desagradable señora Van Hopper a la inquietante presencia de la señora Danvers. Nuevamente volví a sentir el embrujo de Rebecca, la bella, elegante e inigualable Rebecca, y a no poder evitar sentir lástima de la protagonista de la novela, a pesar del amor de Maxim de Winter, y a sentir lástima también del propio Maxim. La maldad tiene la sombra muy larga.
Lo pienso ahora y creo que muchas de mis obsesiones literarias, de mis gustos, de mis manías, tienen su origen en aquellas primeras lecturas de mi adolescencia.

11 agosto 2009

Desgracia (J. M. Coetzee)


Me faltan tiempo y espacio para dar todas las razones por las cuales hay que leer esta novela. Es maravillosa, dura, terrible. Nos posiciona a favor y en contra del protagonista y a él mismo, al profesor Lurie, lo coloca también en situaciones duras. La manera que tiene él de reaccionar hace que unas veces lo percibamos como un pobre hombre que sufre por su hija, por su propio deterioro físico, por el paso del tiempo pero no de las ganas de vivir como si aún fuese un chaval, y otras veces lo vemos como un patético egoísta. Lo comprendemos y también lo despreciamos a veces en su afán por tomar lo que su deseo le pide que tome, sin medir las consecuencias para la persona que tiene frente a él.

La historia transcurre en una Sudáfrica que está cambiando. David Lurie es profesor en la universidad de Ciudad del Cabo, de donde tiene que marcharse tras su relación con una alumna, Melanie Isaacs. Después del escándalo, se refugia con su hija en la granja que ella tiene en el Cabo Oriental y allí asistirá a las convulsiones internas de un país que está cambiando. Si tuviese que decir cuál es el tema que sirve como hilo conductor de la novela, diría que es el abuso de poder, tanto a nivel personal (el profesor universitario persiguiendo a su alumna o ese mismo profesor acosando a la prostituta que ha decidido no volver a acostarse con él) como a nivel nacional (los bóers contra los negros, antes del Apartheid, y esos mismos negros tratando de recuperar lo que les fue arrebatado, después). El futuro de Sudáfrica, parece decir la novela, estará en manos de los mestizos (los coloured), aunque a veces hayan sido engendrados con violencia. A ellos, como descendientes de bóers, también les pertenecerá legítimamente la tierra por ser hijos de los pobladores originarios, los negros.

Otro de los temas que aparece a lo largo de la novela es el deseo. David Laurie es avasallador cuando desea algo y no logra darse cuenta de hasta qué punto abusa de su poder, hasta qué punto Soraya, la prostituta, o Melanie, su alumna, se han sentido aplastadas y sometidas por ese poder. En el Cabo Oriental su hija es violada y él comienza a cuestionarse todas sus ideas acerca de que el hombre debe dar rienda suelta siempre a sus deseos. Nuevamente el deseo aparece vinculado con el tema del abuso de poder en todas sus formas: los bóers contra los negros y viceversa, los hombres contra las mujeres…