23 noviembre 2009

Punk

Como cada vez que voy al aeropuerto (da igual que sea yo la que viaja o que vaya a recoger a alguien), me meto en las tiendas a husmear libros, aun a sabiendas de que son pocas las veces que encuentro algo y acabo comprando un periódico o alguna revista para pasar el rato. Siempre lo hago porque pocas veces me alegro tanto de encontrar un libro que me apetece leer como cuando lo encuentro en un aeropuerto. No sé por qué me gustan tanto los aeropuertos y los libros que aparecen por sorpresa en las tiendas de los aeropuertos.

Entre golosinas y peluches, entre un montón de novelas históricas y libros sobre cómo triunfar y cómo ser feliz, entre Larsson y la saga de Crepúsculo, apareció la liebre en el erial, como diría Carmen Martín Gaite (“La sorpresa es una liebre y el que sale de caza nunca la verá dormir en el erial”), entre revistas femeninas, masculinas y neutras, allí estaba Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. Dos cosas me llamaron la atención: que fuera de Belén Gopegui, una autora que me inspira confianza (comprarla siempre ha sido acertar, hasta el momento) y esa palabra clave del título: punk. Además, en la portada aparece una foto maravillosa de Iggy Pop.

De esta novela hablaré cuando termine de leerla. Hoy solo quiero hablar del punk. “Me pones punk, punk, punk”, dice Sergio C. Fanjul en uno de los poemas de Otros demonios. Últimamente ha vuelto a mi vida el punk, a muchos niveles. Recuerdo aquella adolescente que fui, escuchando punk a todas horas. The Clash, Sex Pistols y The Ramones (que siempre me gustaron infinitamente menos que The Clash, que para mí son los más grandes), Iggy Pop & The Stooges, Siouxies & The Banshees, The Buzzcocks… y bastante tiempo después cae en mis manos un relato que me conmocionó, literalmente: Muchacha punk, de Fogwill, uno de mis escritores favoritos. Marcó un antes y un después. Fue el salto definitivo entre lo que me mandaban leer en el instituto (Lope de Vega, Garcilaso, Antonio Buero Vallejo) y lo que comencé a leer en adelante. De alguna manera me preparó para los cuentistas norteamericanos, aunque en realidad no tenga mucho que ver con ellos. Me pareció un relato descarnado, sin serlo, con un punto a medio camino entro lo amargo y lo dulce: un chaval argentino conoce a una muchacha punk en Londres, en una pizzería, creo recordar, y recorren la noche para acabar en casa de ella. Poco más ocurre y, sin embargo, pensé: “Esto es lo que yo quiero leer, lo que yo quiero escribir”. Luego, claro, los gustos van cambiando y pensé justo lo mismo al leer a Cheever y a tantos otros. El relato de Fogwill enganchaba con la música que llevaba escuchando todos mis años de instituto. Mucho más tarde, me topé con otro relato que me recordó al de Fogwill y a la música punk: La niña del pelo raro, de David Foster Wallace. En este caso es un niño bien y desequilibrado, una especie de psicópata, el que entra en contacto con un grupo de punks tan desequilibrados como él. El personaje me resulta similar a Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, de Bret Easton Ellis, aunque creo que mientras lo leía recordaba a Alex, “el humilde narrador” de La naranja mecánica, de Anthony Burguess, porque por entonces aún no había leído American Psycho. En definitiva, personajes que descubren que hay otra vida posible o personajes que buscan el sentido a la existencia, que buscan alguna clase de justicia o castigo, que se rebelan contra un mundo idiota, lleno de normas idiotas. Y ahora me vienen a la mente esas imágenes iniciales de Blue Velvet, esa maravilla de película de Lynch: barrio de casas maravillosas, verdísimos céspedes, cuidadísimas flores, vallas blancas y por debajo, los gusanos, la ponzoña. Qué metáfora visual. No sé por qué lo estoy mezclando todo, porque en realidad de lo que me interesaba hablar era del punk.

En su Manifiesto Punk (con el que no estoy totalmente de acuerdo en varios puntos) Greg Graffin dice cosas como las siguientes: “El Punk es la expresión personal de la singularidad que proviene de las experiencias de crecer en contacto con nuestra habilidad humana para razonar y plantear preguntas” o “El punk es la lucha constante contra el miedo a las repercusiones sociales”. Y enlazando, enlazando, porque este post va de enlazar, recuerdo el poema Sergio C. Fanjul con el que se abre Otros demonios:

tú querías ser Arthur Rimbaud.
poner color a las vocales.
recibir la bala de Verlaine. arañar con tus dulces zarpas
las almas de la burguesía. y huir con toda la gloria.
a los diecinueve años. la carne aún blanca
y blanda. y la sensibilidad extenuada.
cagándote en Dios, ciego de absenta y láudano.


tú querías ser Guy Debord.
derrumbar la sociedad como objetivo. destruir
el Espectáculo y hacer de la vida cotidiana una revuelta.
buscar, debajo de cada adoquín, una playa. al final
sentir el hierro negro y frío contra tu paladar,
apretar entonces el gatillo. a los sesenta y tantos.
arruinado por el alcohol, ya casi muerto.


tú querías ser Johnny Rotten.
Dios Salve a la Reina. en los escenarios
de toda Inglaterra, manifestaciones puritanas
a las puertas de los bares.
me importa un cojón: Sid y Nancy consumidos por la droga
y ningún futuro para nadie. los dientes verdes
y un lugar de honor en la historia del (punk) rock.


querías agarrar la Tierra con los dedos.
contra el Cielo hacerla retumbar.

15 noviembre 2009

De mecánica y alquimia (Juan Jacinto Muñoz Rengel)


Imaginad que os encanta el salmón, que es una de esas cosas que nunca os cansáis de comer, y que un día entráis en un restaurante y os ponen delante varios platos para que degustéis el salmón preparado de varias formas diferentes, desde aquella receta antigua de hace varios siglos hasta las más modernas de la nouvelle cuisine. Bueno, pues eso es exactamente lo que me ha ocurrido a mí con este libro. Me gusta leer relatos, eso no es una novedad. Me gusta, además, muy especialmente, el relato fantástico y Muñoz Rengel hace en este libro un repaso por el género fantástico y también la ciencia-ficción, nos lleva desde la Edad Media hasta un futuro extremadamente tecnológico, desde la alquimia a la mecánica, desde el gólem hasta el autómata a través de un hilo conductor común, que es el hombre como modificador del entorno.

Ya desde el principio se nos recomienda que leamos los relatos en el orden en el que están en el libro y creo que es la mejor opción. Los cuatro primeros (El libro de los instrumentos incendiarios, el relojero de Praga, Lapis philosophorum y La maldición de los Zweiss) se desarrollan en el medievo y, como el propio autor reconoce en la entrevista que le ha hecho Miguel Ángel Muñoz, no sólo la historia transcurre en esa época sino que el propio lenguaje crea la ilusión de antigüedad, sin ser exactamente castellano medieval. Son relatos oscuros, laberínticos, donde los personajes se enfrentan al temor a lo desconocido y al asombro ante determinado tipo de descubrimientos. El hombre, como manipulador de todo lo que le rodea, es al mismo tiempo un sujeto asombrado ante tales descubrimientos y temeroso de ellos. Este primer grupo de relatos es mi favorito del libro, muy especialmente esa joya titulada Lapis philosophorum y sus pasajes alquímicos y visionarios en un monasterio medieval.

Los siguientes relatos (El pescador de esponjas, El faro de las islas de Os Baixos, El sueño del monstruo y Res cogitans) son más cercanos en el tiempo. Se nota que el lenguaje se va descargando de toda la densidad medieval de los primeros relatos del libro. Quizás el que menos me guste, el que menos haya logrado introducirme dentro de la ficción, sea El faro de las islas de Baixos, cuya historia no llegó a despertarme el interés por saber qué iba a ocurrir con la protagonista femenina, no así con el farero, un personaje logrado y muy interesante. La maravilla de este grupo es, en mi opinión, El sueño del monstruo. Leyendo este relato me pasaron cientos de imágenes por la cabeza, desde Sebastien y sus amigos-muñecos (Blade Runner) hasta Poe o Lovecraft, pues eran estas las caras que tenía por momentos ese escritor incomprendido y adelantado a su tiempo que protagoniza esta historia.

El último grupo de relatos (Te inventé y me mataste, Brigada Diógenes y pasajero 1/1) son futuristas en su mayoría y tratan el tema del hombre como creador de un ser semejante a él y también del hombre como un ser destinado a desaparecer. Historias de gólems y autómatas. Creaciones perfectas o imperfectas, imitaciones de sus creadores que sirven para paliar la soledad de los humanos, para descargar sus frustraciones o para hacerles la vida más fácil. Si en Frankenstein de Mary Shelley no dejaba de preguntarme sobre la responsabilidad del creador y la dimensión de lo creado, aquí me ocurre exactamente lo mismo, no en vano son historias de nuevos Prometeos. Da igual si nos vamos al pasado y hablamos de seres creados a partir del barro por procedimientos mágicos o si vamos al futuro y encontramos mecanismos complejos con forma humanoide, el hombre nunca deja de soñar con la creación de un ser hecho a su imagen y semejanza, mejor en muchos aspectos y con grandes carencias en otros. Y pienso entonces, al leer estos relatos, en ese otro libro de relatos que es La Biblia, en el Antiguo Testamento, en el Génesis, en el Paraíso, en Dios castigando a Adán y Eva por comer del árbol de la ciencia, y me pregunto si no será este el antecedente más remoto (al menos el antecedente escrito más remoto) de los relatos que nos ocupan, si no serán aquellos judíos de milenios atrás quienes hayan inventando la literatura fantástica.

Para terminar, diré que como creo que hay pocas cosas nuevas bajo el sol, no seré yo quien achaque como algo negativo el hecho de que estos relatos beban de fuentes y temáticas de sobra conocidas. Me gusta el homenaje manifiesto que hay a determinadas corrientes del género, a autores y a obras. La mayoría de estos relatos me embelesaron desde la primera palabra y es que el autor sabe construir un relato de esqueleto sólido y logra utilizar un lenguaje preciosista y una gran abundancia de datos históricos o técnicos sin hacer que resulte cargado o excesivo. Sabe hacer, en definitiva, que sus historias nos mantengan sin pestañear.

02 noviembre 2009

La historia de tu vida (Ted Chiang)


Conocí a Ted Chiang gracias a la generosidad de José Luis Rendules. Chiang, considerado por muchos como el gran maestro actual de la ciencia ficción, escribe (según sus propias palabras) sólo a ratos, vamos, que no vive de la literatura. De vez en cuando, se le ilumina una bombilla sobre la cabeza, como ocurre en los cómics, y se encierra para dar forma a un relato.

De pequeña era una amante de la ciencia ficción, del mismo modo que hoy soy una amante de la literatura fantástica. En La historia de tu vida aparecen relatos que me recuerdan a la ciencia ficción hard, la más apegada a las leyes físicas y donde predomina el carácter científico de las obras tratando de ser lo más realistas posibles. La influencia podría estar, creo yo, en las obras de autores como Gregory Bendford y Robert J. Sawyer. Hay otros relatos más centrados en profundizar en los conocimientos del ser humano y los límites de dichos conocimientos.

El primer relato del libro, La torre de Babilonia, es una pequeña joya en cuando al desarrollo temático. Un artesano debe subir hasta la parte superior de la torre de Babilonia para descubrir qué hay al otro lado de la bóveda celeste. A través del relato se van desgranando los conocimientos babilónicos acerca del mundo y cómo esos conocimientos, equivocados o no, les sirvieron para recrear el universo.

Otro de los grandes relatos del libro es El Infierno es la ausencia de Dios donde se reflexiona sobre las religiones y las creencias en un mundo donde diariamente Dios, los ángeles y las fuerzas infernales hacen acto de presencia en la vida de los humanos para demostrar su existencia.

Dividido entre cero es un relato que me ha interesado muy especialmente por su temática. Las Matemáticas no son fiables, y ¿cómo reaccionamos cuando aquello que es la base de nuestro mundo no es fiable? ¿Cómo nos enfrentaos a conclusiones que ponen en tela de juicio todo aquello en lo que habíamos creído?

Dejo para el final, precisamente porque es mi favorito, Setenta y dos letras. Se trata de un relato steampunk (me ha hecho pensar mucho en El mapa del tiempo de Félix J. Palma, más por la estética que por otro cosa). El relato tiene claras influencias cabalísticas ya que en él se apunta la posibilidad de dar forma, gracias a la palabra, a la sustancia del universo. Partiendo de los antiguos golems, crea unos personajes, los autómatas, cuya función es que nuestra vida sea menos complicada. Al igual que al golem se le daba vida o muerte escribiendo en su mano con letras hebreas las palabras vida o muerte, otro de los personajes del relato, el nomenclátor, estudia de qué manera hay que disponer las letras para crear las palabras que impriman vida a lo inorgánico. El nomenclátor acaba descubriendo el modo de hacer que un autómata tenga la capacidad de animar la materia sin la intervención humana.

Repito que es un libro deslumbrante. Muchos de los relatos han ganado, de forma independiente, varios premios literarios, como el Hugo o el Nebula, y la colección completa de estos cuentos, bajo el título de La historia de tu vida, ha ganado el Locus 2003.