22 enero 2012

Parecidos razonables: Ambrose Bierce y Pardo Bazán



No hablo de físico, no. El parecido razonable es literario.

Lo primero que leí de Emilia Pardo Bazán fue el cuento titulado Un destripador de antaño. Decir que me pareció espeluznante sería quedarse corto. Es uno de esos relatos, a medio camino entre el Naturalismo propio de la autora, la literatura de terror y un tremendismo innegable, décadas antes de que apareciera publicada La familia de Pascual Duarte de Cela y se inaugurara esa corriente llamada "Tremendismo". La historia transcurre en la Galicia profunda y lo espeluznante del cuento es que nos relata la historia de un destripador de muchachas y que conocemos a una de sus víctimas casi desde los primeros párrafos y vamos intuyendo su final dolorosamente.

Anoche leí un cuento de Ambrose Bierce titulado Aceite de perro que me lo ha recordado mucho. Pinchando sobre ambos títulos podréis leer los relatos en Ciudad Seva. El relato de Bierce tiene el mismo ambiente tétrico y se nos instala el mismo miedo en el cuerpo según lo vamos leyendo.

Ambos se quedarán unidos en mi memoria a partir de ahora. Son esos parecidos razonables literarios que a veces encontramos entre autores que, en principio, tienen poco en común.

10 agosto 2011

04 agosto 2011

Solaris (Stanislav Lem)


Alguien me dijo, no recuerdo quién, que los cómics y la ciencia ficción no era lecturas "serias". Yo tendría unos diez o doce años y ese alguien no era ni mi padre, ni mi madre, que siempre me compraban libros sin rechistar y dejaron que me fuera formando el gusto. Es curioso: no sé quién me lo dijo. Es por eso que yo leía cómics y ciencia ficción con cierta culpa, no sacaba los libros de casa, sino que los leía al amparo de la lámpara de mi mesita de noche. Eran lecturas poco serias y una niña tan lectora como yo debía aspirar a leer otro tipo de cosas. Eso también me lo dijo alguien, creo que una profesora que me daba clase de literatura siguiendo el fantástico método de dictarnos la vida de los autores y la lista interminable de obras sin leer ni un pequeño fragmento de ninguna. Había que leer cosas serias. Esa profesora no hizo referencia a la ciencia ficción ni a los cómics porque no creo que supiera que existía ni lo uno ni lo otro. Me lo había dicho porque yo estaba leyendo Moby Dick cuando, en realidad, un lector serio debía leer cosas como Las novelas ejemplares o Fuenteovejuna. Y es que para ella la literatura seria era la que habían escrito autores que llevaban muertos más de cien años.

Pero llegó el instituto y con él llegó también un profesor de Literatura que nos cambió la vida a aquellos alumnos del Bachillerato de Letras. Un profesor que nos enseñó a ahondar en las obras, a interesarnos por autores y movimientos literarios, que nos enseñó que no había géneros mayores y menores, sino grandes obras y obras mediocres, independientemente de su género literario. Él nos habló de Solaris.

Es difícil hablar de Solaris sin desvelar su argumento. Difícil. Por eso sólo diré que trata sobre la dificultad de comunicarse con una inteligencia extraterrestre y sobre los límites de la ciencia. Pero trata también sobre el ser humano, lo que eso significa, qué es lo que nos hace humanos. Está narrada en primera persona y su protagonista, el psicólogo Kris Kelvin, llega a la estación de observación de Solaris para tratar una serie de problemas que ha tenido la tripulación. Cuando llega, comienza a darse cuenta de las cosas extrañas que han ocurrido y cómo afectó eso a los tripulantes.




25 julio 2011

El otro fuego, Inés Mendoza


Es difícil hablar de un libro sin destriparlo y yo me he dado cuenta de que muchas veces, al hablar de libros de relatos, digo demasiado. Por eso, en esta ocasión, he decidido limitarme a hablar de las sensaciones que me produjo su lectura.

El otro fuego, de Inés Mendoza, trata sobre la otra vida –o la vida otra– esa que deseamos unas veces y no nos atrevemos a agarrar o que, otras veces, ni siquiera sabemos que existe. ¿Por qué? Porque estamos ahogados en convencionalismos, inmersos en la vida que todo el mundo lleva y parece ser la única manera de vivir que existe: claudicando, adaptándose camaleónicamente a lo que se supone que debemos ser. Al leer estos relatos pensaba en Bartleby, el escribiente de Melville que ante cualquier petición de los demás respondía: “Preferiría no hacerlo”. Si en su momento Bartleby me pareció una crítica brutal al artista que se pliega a las exigencias del sistema, ahora los personajes de Inés Mendoza me parecen otra crítica brutal, esta vez a la trayectoria vital que también nos impone el sistema, a ese camino marcado con migas de pan que se pretende que sigamos sin rechistar y sin salirnos de lo establecido. Y para mí, que soy como Mendoza, huir de lo que se supone que debemos ser para ser exclusivamente lo que queremos ser es una máxima en la vida.

El fuego, que da título a uno de los relatos y a todo el libro, es evocador no sólo de la pulsión que nos empuja a dar un giro radical en nuestro camino, sino de ese resquicio íntimo y secreto de rebeldía que anida incluso en los corazones más complacidos y acomodados. Pero, sobre todo, el fuego evoca en mí, que he crecido rodeada de bosques, la ceniza que queda tras un incendio, ceniza necesaria en que debe convertirse el ser humano que quiere llevar otra vida para poder construirse desde la casi-nada como una persona nueva, desnuda ya de convencionalismos. "Te quiero pura, libre,/ irreductible", decía Salinas en uno de los poemas de La voz a ti debida. Pues eso.

Inés Mendoza es elegante cuando escribe. La suya es una palabra poética y bella, romántica en el sentido más “real” del término: sus expresiones denotan el deseo de desconexión con un mundo que no satisface a los personajes ni a nadie que no esté drogado de conformismo para acceder a una realidad superior y más verdadera. Leerla es un placer y deja también un aguijón clavado. Ese aguijón de inconformismo. Tanto, tanto me gustó leerla que aún tengo el libro sobre la mesita de noche, como si me resistiera a esa pequeña muerte que sufren todos los libros cuando, una vez leídos, son colocados en la estantería. Porque todo buen libro, no lo olvidemos, es un organismo vivo que respira y nos ayuda a respirar y a ampliar nuestra capacidad pulmonar.

20 junio 2011

Nueva entrevista de Inés Mendoza


Nueva entrevista a Inés Mendoza. Corre a cargo de Trifón Abad y la recoge Culturamas. Para leerla, pinchad AQUÍ.

Por cierto, en breve colgaré la reseña del fantástico libro de relatos de Inés Mendoza, El otro fuego.

10 junio 2011

Padres, hijos y primates (Jon Bilbao)


Joannes viaja a México con su mujer y su hija para asistir a la boda de su suegro con una jovencita. Una vez allí, un huracán hace que deban moverse de localidad. Joannes viaja en coche solo mientras el resto de su familia lo hace con el grupo de turistas. Al separarse sus caminos, Joannes encuentra a un antiguo profesor suyo de la facultad al que considera responsable de sus ambiciones frustradas y de su precario presente laboral.

Partiendo de dos grandes metáforas (un huracán y el atropello y muerte de un chimpancé) Jon Bilbao teje una historia sobre los vínculos que nos unen y las aspiraciones que se frustran, sobre lo que somos capaces de hacer por lo que más nos importa. Qué hay de animal en nosotros. Qué hay de civilizado. Qué nos mueve a actuar. Qué nos lleva a sacar nuestro lado más oscuro. Algunos hacen cualquier cosa por sus hijos si saben que están en peligro. Otros protegen a sus animales como si fuesen sus hijos. Hay padres que se exceden en su labor y controlan la vida de sus vástagos incluso cuando estos ya han formado su propia familia. Y hay algunos que sacan a la luz su peor parte tratando de buscar culpables para sus ambiciones frustradas. Son muchas las cuestiones que se plantean en este libro, pero la fundamental para mí tiene que ver con la naturaleza del ser humano, que a veces se conmueve por la muerte de un animal y acto seguido se muestra indiferente ante la muerte de una persona, esa naturaleza que lleva a algunos hasta extremos de enorme violencia para proteger aquello que aman.

09 mayo 2011

Antes de las jirafas (Matías Candeira)

Para los que leímos y nos gustó el primer libro de Candeira (La soledad de los ventrílocuos), la aparición de Antes de las jirafas era un acontecimiento. Si cada autor se la juega con la aparición de un nuevo libro, un autor primerizo y joven se la juega aún más. Lo peor que puede ocurrir es ser considerado flor de un día. Este no es el caso de Matían Candeira. Quienes lean Antes de las jirafas comprobarán que están ante el mismo autor que busca sin cesar la belleza en el lenguaje y el trasfondo crítico y social en sus historias, todo revestido con mucha magia. Es el mismo autor, sí, pero es una versión más madura de sí mismo.

El relato que abre el libro (El extraño) es uno de mis favoritos y probablemente el que más entronca con su libro anterior. Vuelven a tener una importancia capital la familia y sus conflictos, así como la propia identidad, la que uno elige o la que otros desearían que uno tuviera. El amor también tiene cabida en estos relatos. Y el humor. La parodia del protagonista que se hace en el relato Jimmy es estupenda. Pero querría destacar los relatos más diametralmente diferentes del libro: Unos ojos vacíos no parece un relato de Candeira, tiene un toque de frialdad que no es habitual en sus relatos y la desesperanza se muestra en él de una forma cruda y sin concesiones. Es un relato melancólico o, como dice una amiga mía, muy nórdico, muy frío, muy blanco y nevado. Pues eso: es un relato que muestra una línea distinta. Una sensación similar tuve al leer La dimensión del ojo, como si estos relatos estuviesen abriendo un nuevo camino narrativo en el autor y Antes de las jirafas fuese un estupendo libro de transición hacia otra manera de contar.

Nuevamente habría que dedicar especial atención al lenguaje y a las búsquedas narrativas que hace el autor en sus relatos. Voy a copiar el inicio del relato La estirpe amarilla: “Estos hechos no comienzan en ninguno de estos lugares. No lo hacen, por ejemplo, dentro de ese pozo…”. A esto me refiero con la búsqueda narrativa. No se comienza el relato diciendo dónde se inician los hechos, sino dónde no lo hacen. Estuve dándole vueltas a este inicio y a muchas de las expresiones e imágenes de este libro que, repito, demuestran la madurez del autor. Recordé otros inicios que me impresionaron en su momento, como el inicio de El extranjero de Albert Camus o el de Seda de Alessandro Baricco.

Lo que encontramos en este libro no es más de los mismo, sino un Matías Candeira mejorado que demuestra que la atención recibida con su primer libro no sólo era merecida, sino que se repetirá con este segundo.