




Es difícil hablar de un libro sin destriparlo y yo me he dado cuenta de que muchas veces, al hablar de libros de relatos, digo demasiado. Por eso, en esta ocasión, he decidido limitarme a hablar de las sensaciones que me produjo su lectura.
El otro fuego, de Inés Mendoza, trata sobre la otra vida –o la vida otra– esa que deseamos unas veces y no nos atrevemos a agarrar o que, otras veces, ni siquiera sabemos que existe. ¿Por qué? Porque estamos ahogados en convencionalismos, inmersos en la vida que todo el mundo lleva y parece ser la única manera de vivir que existe: claudicando, adaptándose camaleónicamente a lo que se supone que debemos ser. Al leer estos relatos pensaba en Bartleby, el escribiente de Melville que ante cualquier petición de los demás respondía: “Preferiría no hacerlo”. Si en su momento Bartleby me pareció una crítica brutal al artista que se pliega a las exigencias del sistema, ahora los personajes de Inés Mendoza me parecen otra crítica brutal, esta vez a la trayectoria vital que también nos impone el sistema, a ese camino marcado con migas de pan que se pretende que sigamos sin rechistar y sin salirnos de lo establecido. Y para mí, que soy como Mendoza, huir de lo que se supone que debemos ser para ser exclusivamente lo que queremos ser es una máxima en la vida.
El fuego, que da título a uno de los relatos y a todo el libro, es evocador no sólo de la pulsión que nos empuja a dar un giro radical en nuestro camino, sino de ese resquicio íntimo y secreto de rebeldía que anida incluso en los corazones más complacidos y acomodados. Pero, sobre todo, el fuego evoca en mí, que he crecido rodeada de bosques, la ceniza que queda tras un incendio, ceniza necesaria en que debe convertirse el ser humano que quiere llevar otra vida para poder construirse desde la casi-nada como una persona nueva, desnuda ya de convencionalismos. "Te quiero pura, libre,/ irreductible", decía Salinas en uno de los poemas de La voz a ti debida. Pues eso.
Inés Mendoza es elegante cuando escribe. La suya es una palabra poética y bella, romántica en el sentido más “real” del término: sus expresiones denotan el deseo de desconexión con un mundo que no satisface a los personajes ni a nadie que no esté drogado de conformismo para acceder a una realidad superior y más verdadera. Leerla es un placer y deja también un aguijón clavado. Ese aguijón de inconformismo. Tanto, tanto me gustó leerla que aún tengo el libro sobre la mesita de noche, como si me resistiera a esa pequeña muerte que sufren todos los libros cuando, una vez leídos, son colocados en la estantería. Porque todo buen libro, no lo olvidemos, es un organismo vivo que respira y nos ayuda a respirar y a ampliar nuestra capacidad pulmonar.



Para los que leímos y nos gustó el primer libro de Candeira (La soledad de los ventrílocuos), la aparición de Antes de las jirafas era un acontecimiento. Si cada autor se la juega con la aparición de un nuevo libro, un autor primerizo y joven se la juega aún más. Lo peor que puede ocurrir es ser considerado flor de un día. Este no es el caso de Matían Candeira. Quienes lean Antes de las jirafas comprobarán que están ante el mismo autor que busca sin cesar la belleza en el lenguaje y el trasfondo crítico y social en sus historias, todo revestido con mucha magia. Es el mismo autor, sí, pero es una versión más madura de sí mismo.
El relato que abre el libro (El extraño) es uno de mis favoritos y probablemente el que más entronca con su libro anterior. Vuelven a tener una importancia capital la familia y sus conflictos, así como la propia identidad, la que uno elige o la que otros desearían que uno tuviera. El amor también tiene cabida en estos relatos. Y el humor. La parodia del protagonista que se hace en el relato Jimmy es estupenda. Pero querría destacar los relatos más diametralmente diferentes del libro: Unos ojos vacíos no parece un relato de Candeira, tiene un toque de frialdad que no es habitual en sus relatos y la desesperanza se muestra en él de una forma cruda y sin concesiones. Es un relato melancólico o, como dice una amiga mía, muy nórdico, muy frío, muy blanco y nevado. Pues eso: es un relato que muestra una línea distinta. Una sensación similar tuve al leer La dimensión del ojo, como si estos relatos estuviesen abriendo un nuevo camino narrativo en el autor y Antes de las jirafas fuese un estupendo libro de transición hacia otra manera de contar.
Nuevamente habría que dedicar especial atención al lenguaje y a las búsquedas narrativas que hace el autor en sus relatos. Voy a copiar el inicio del relato La estirpe amarilla: “Estos hechos no comienzan en ninguno de estos lugares. No lo hacen, por ejemplo, dentro de ese pozo…”. A esto me refiero con la búsqueda narrativa. No se comienza el relato diciendo dónde se inician los hechos, sino dónde no lo hacen. Estuve dándole vueltas a este inicio y a muchas de las expresiones e imágenes de este libro que, repito, demuestran la madurez del autor. Recordé otros inicios que me impresionaron en su momento, como el inicio de El extranjero de Albert Camus o el de Seda de Alessandro Baricco.
Lo que encontramos en este libro no es más de los mismo, sino un Matías Candeira mejorado que demuestra que la atención recibida con su primer libro no sólo era merecida, sino que se repetirá con este segundo.