28 junio 2013

Sin tiempo

Ya no tengo tiempo para hacer reseñas como antes, de manera que este blog quedará "suspendido" de actividad (no para siempre) y, mientras tanto, os rermito a RELATARIA, donde no haré reseñas, sino que iré subiendo portadas de libros que me hayan gustado y copiaré alguna cita de dichos libros que me interese especialmente.

Gracias a todos los que os habéis pasado y aún os pasáis por aquí.

24 febrero 2012

Concesiones al demonio (Oscar Sipán)



Se trata de una novela donde escuchamos varias voces, a varios narradores regalándonos sus historias. Una amiga mía dice que son relatos que tienen un marco común: los narradores-protagonistas viven en el mismo edificio. Qué más da si se trata de relatos o novela, lo importante es la historia en conjunto que se nos narra y cada una de las intrahistorias, a modo de strep-tease emocional. La historia global que se nos cuenta (o que yo creo que se nos cuenta) es que la vida está plagada de carencias y eso precisamente, justo lo que no tenemos, es lo que condiciona nuestra vida y nos define, lo que nos mueve o nos para. Las intrahistorias son muy diversas… Hay personajes enfadados, cínicos, impotentes ante el hecho de no poder plasmar en palabras lo que quieren decir. Si nos definen nuestras imperfecciones, todo lo que queremos ocultar y sólo sale a la luz en la intimidad que nuestra parte oscura comparte con el demonio, estas historias son nuestras historias, las de cada lector. Historias de la carencia, del miedo, de la incertidumbre, de la impotencia, porque en la vida no basta con querer para poder.

La prosa de Oscar Sipán es tal y como siempre ha sido (me encantaron sus libros de relatos). Uno lo lee con un lápiz en la mano para subrayar sus destellos, esas expresiones que, en pocas palabras, alumbran la página como una bombilla un cuarto oscuro. Leo y releo esas expresiones y me quedan en la memoria tiempo después de haberlas leído.

Me ha gustado este libro porque hay en él emoción, amor a las palabras y a las historias que nos cuenta, hay melancolía, de esa melancolía dulce y tierna que hiere y gusta al mismo tiempo. Cuando alguien escribe como lo hace Sipán, no sólo nos cuenta sus historias, sino que nos recuerda las nuestras, nos trae a la memoria todo lo que una vez nos marcó, así todos somos el relojero, la mujer del ciclista o ese pobre escritor que no escribe. Porque eso hace la buena literatura, enseñarnos que no somos tan diferentes del resto de los mortales, que somos una carencia con corazón esperando a que ese sueño se nos cumpla.

22 enero 2012

Parecidos razonables: Ambrose Bierce y Pardo Bazán



No hablo de físico, no. El parecido razonable es literario.

Lo primero que leí de Emilia Pardo Bazán fue el cuento titulado Un destripador de antaño. Decir que me pareció espeluznante sería quedarse corto. Es uno de esos relatos, a medio camino entre el Naturalismo propio de la autora, la literatura de terror y un tremendismo innegable, décadas antes de que apareciera publicada La familia de Pascual Duarte de Cela y se inaugurara esa corriente llamada "Tremendismo". La historia transcurre en la Galicia profunda y lo espeluznante del cuento es que nos relata la historia de un destripador de muchachas y que conocemos a una de sus víctimas casi desde los primeros párrafos y vamos intuyendo su final dolorosamente.

Anoche leí un cuento de Ambrose Bierce titulado Aceite de perro que me lo ha recordado mucho. Pinchando sobre ambos títulos podréis leer los relatos en Ciudad Seva. El relato de Bierce tiene el mismo ambiente tétrico y se nos instala el mismo miedo en el cuerpo según lo vamos leyendo.

Ambos se quedarán unidos en mi memoria a partir de ahora. Son esos parecidos razonables literarios que a veces encontramos entre autores que, en principio, tienen poco en común.

04 agosto 2011

Solaris (Stanislav Lem)


Alguien me dijo, no recuerdo quién, que los cómics y la ciencia ficción no era lecturas "serias". Yo tendría unos diez o doce años y ese alguien no era ni mi padre, ni mi madre, que siempre me compraban libros sin rechistar y dejaron que me fuera formando el gusto. Es curioso: no sé quién me lo dijo. Es por eso que yo leía cómics y ciencia ficción con cierta culpa, no sacaba los libros de casa, sino que los leía al amparo de la lámpara de mi mesita de noche. Eran lecturas poco serias y una niña tan lectora como yo debía aspirar a leer otro tipo de cosas. Eso también me lo dijo alguien, creo que una profesora que me daba clase de literatura siguiendo el fantástico método de dictarnos la vida de los autores y la lista interminable de obras sin leer ni un pequeño fragmento de ninguna. Había que leer cosas serias. Esa profesora no hizo referencia a la ciencia ficción ni a los cómics porque no creo que supiera que existía ni lo uno ni lo otro. Me lo había dicho porque yo estaba leyendo Moby Dick cuando, en realidad, un lector serio debía leer cosas como Las novelas ejemplares o Fuenteovejuna. Y es que para ella la literatura seria era la que habían escrito autores que llevaban muertos más de cien años.

Pero llegó el instituto y con él llegó también un profesor de Literatura que nos cambió la vida a aquellos alumnos del Bachillerato de Letras. Un profesor que nos enseñó a ahondar en las obras, a interesarnos por autores y movimientos literarios, que nos enseñó que no había géneros mayores y menores, sino grandes obras y obras mediocres, independientemente de su género literario. Él nos habló de Solaris.

Es difícil hablar de Solaris sin desvelar su argumento. Difícil. Por eso sólo diré que trata sobre la dificultad de comunicarse con una inteligencia extraterrestre y sobre los límites de la ciencia. Pero trata también sobre el ser humano, lo que eso significa, qué es lo que nos hace humanos. Está narrada en primera persona y su protagonista, el psicólogo Kris Kelvin, llega a la estación de observación de Solaris para tratar una serie de problemas que ha tenido la tripulación. Cuando llega, comienza a darse cuenta de las cosas extrañas que han ocurrido y cómo afectó eso a los tripulantes.




25 julio 2011

El otro fuego, Inés Mendoza


Es difícil hablar de un libro sin destriparlo y yo me he dado cuenta de que muchas veces, al hablar de libros de relatos, digo demasiado. Por eso, en esta ocasión, he decidido limitarme a hablar de las sensaciones que me produjo su lectura.

El otro fuego, de Inés Mendoza, trata sobre la otra vida –o la vida otra– esa que deseamos unas veces y no nos atrevemos a agarrar o que, otras veces, ni siquiera sabemos que existe. ¿Por qué? Porque estamos ahogados en convencionalismos, inmersos en la vida que todo el mundo lleva y parece ser la única manera de vivir que existe: claudicando, adaptándose camaleónicamente a lo que se supone que debemos ser. Al leer estos relatos pensaba en Bartleby, el escribiente de Melville que ante cualquier petición de los demás respondía: “Preferiría no hacerlo”. Si en su momento Bartleby me pareció una crítica brutal al artista que se pliega a las exigencias del sistema, ahora los personajes de Inés Mendoza me parecen otra crítica brutal, esta vez a la trayectoria vital que también nos impone el sistema, a ese camino marcado con migas de pan que se pretende que sigamos sin rechistar y sin salirnos de lo establecido. Y para mí, que soy como Mendoza, huir de lo que se supone que debemos ser para ser exclusivamente lo que queremos ser es una máxima en la vida.

El fuego, que da título a uno de los relatos y a todo el libro, es evocador no sólo de la pulsión que nos empuja a dar un giro radical en nuestro camino, sino de ese resquicio íntimo y secreto de rebeldía que anida incluso en los corazones más complacidos y acomodados. Pero, sobre todo, el fuego evoca en mí, que he crecido rodeada de bosques, la ceniza que queda tras un incendio, ceniza necesaria en que debe convertirse el ser humano que quiere llevar otra vida para poder construirse desde la casi-nada como una persona nueva, desnuda ya de convencionalismos. "Te quiero pura, libre,/ irreductible", decía Salinas en uno de los poemas de La voz a ti debida. Pues eso.

Inés Mendoza es elegante cuando escribe. La suya es una palabra poética y bella, romántica en el sentido más “real” del término: sus expresiones denotan el deseo de desconexión con un mundo que no satisface a los personajes ni a nadie que no esté drogado de conformismo para acceder a una realidad superior y más verdadera. Leerla es un placer y deja también un aguijón clavado. Ese aguijón de inconformismo. Tanto, tanto me gustó leerla que aún tengo el libro sobre la mesita de noche, como si me resistiera a esa pequeña muerte que sufren todos los libros cuando, una vez leídos, son colocados en la estantería. Porque todo buen libro, no lo olvidemos, es un organismo vivo que respira y nos ayuda a respirar y a ampliar nuestra capacidad pulmonar.